Esta nota es previa, este es un fragmento del marques de Sade pese a que es muy corto lo subí igual
"Juliette"
Nota: Para leer las obras del Marqés de Sade es necesario poseer un critero muy amplio, ya que puede resultar difícil lo que plantea. Él habla de una sexualidad “desviada” hacia la pervesidad, hacia el placer sensual provocado por el dolor ajeno, algo totalmente inconcebible para muchas personas normales.El Marqués de Sade era una persona inteligente, a su manera, ya que además de escandalizar al mundo, aportó ideas valiosas en los terrenos de la ciencias naturales, sociales, económicas, filosóficas y políticas. era un hombre de letras qeu leía mucho. Sus escritos originales hacen referencia a muchos de los libros que se encontraban en la Biblioteca Nacional, lo que significa que leyó la mayoría o todos los libros que allí había.
Julieta comineza desde niña a inclinarse hacia el lado del vicio. En el colegio donde estudia tiene relaciones sexuales con sus compañeras y con la directora, quien resulta ser una maestra consumada en las cuestiones eróticas y pervesas, además de excelente oradora y exponente de razonamientos relacionados con al sensualidad. Después Julieta se dedica por completo a la prostitución y a la maldad. con la idea de que así conseguirá mucho dinero, aparte de placer.
Este es el tema introductorio, el que lo leyó felicidades! Sabiendo esto queda bajo su responsabilidad leer los post que digan Fragmentos de Julieta.
Libro Primero
1
* Mi hermana Justina y yo fuimos a la escuela en Panthémont, el conocido convento a través de cuyas puertas han pasado varias de las más hermosas e inmorales damas jóvenes de Francia. Era un antro de depravación, una cloaca deliciosamente obscena de perversidad, y aun cuando Justina pudo permanecer sin que sus atractivos la afectaran, en verdad confieso que yo no pude hacerlo.
*El bien, como se ha dicho, sólo puede apreciarse con claridad cuando se examina frente al mal. Sin embargo no he de pedir perdón por mi comportamiento; nunca he hecho nada de lo cual se avergüence, y aun cuando quizá mis acciones hayan sido malas, estas acciones me brindan grandes placeres; pues bien, el placer es la única recompensa que yo siempre he buscado, y por tanto no me arrepiento de nada.
2
*Sentí el despertar de los deseos carnales a la tierna edad de siete años, y a los nueve ya había aprendido a conseguir con los dedos el placer del tipo que habría de lograr más adelante y en mayores proporciones por medio de la actuación de los hombres al igual que de otras mujeres.
* A la edad de doce años, conocí a una muchacha llamada Eufosina[…] y me llevaba 3 años. Su cuerpo era de los que inspiran a un artista[…] me enamoré de ella enseguida. Se estableció entre nosotras una amistad muy cercana (No necesito explicar que la atracción intelectual no existe entre las mujeres encerradas; la única razón para una amistad es el deseo mutuo, y las que no lo sienten, o no se abandonan a él, se quedan sin amigas)
* La abadesa, la madre Delbéne, era una mujer de una belleza extraordinaria […]. Se había visto forzada a profesar por nos padres avaros, quienes sabían que al empeñarla de aquella forma no tendrían que preocuparse por cuidarla. Pero aun cuando cumplía sus deberes religiosos con un aire aparente que habría enorgullecido a un ángel, odiaba su situación en el convento, y a los padres que la habían encerrado allí.
* Abrí la puerta, y con gran sorpresa encontré a la hermosa abadesa acostada sobre un sofá, casi desnuda.[…]y ella solo vestía una enagua casi transparente que permitía contemplar con bastante claridad los globos llenos y redondos de sus pechos, y una cintura de avispa que se ensanchaba en la magnificencia abombada y admirable de las caderas. A su lado yacía la bella Eufrosina, vestida nada más con una enagua tan fina como la gasa, con la suavidad de un blanco lechosos del cuerpo de la abadesa, y sus senos, pequeños y levantados, parecían avanzar con orgullo después de haberse liberado del sostén que los había tenido aprisionados. En ese instante todo el pánico me abandonó, sentí que se me cortaba la respiración y que las rodillas se me doblaban del deseo.
* Después de cerrar la puerta, se levantó, y abandonando el sofá, me agarro de la mano. […] El corazón me latía frenéticamente mientras contemplaba la esplendidez de su cuerpo. ella, sonriéndome también, me condujo hasta el sofá, y sin más metió la mano bajo mi vestido y aferró el centro agitado de mi pasión.
* ¡Te da vergüenza, angelito! - exclamó de pronto - ¡No debes sentirla!¡Te lo prohíbo! Avergonzarse es una muestra de modestia, y … ¿A qué viene la modestia?, ¿Por que tienes un coño? Todas lo tenemos. No, chiquilla, la modestia es una bobería. Yo diría que es el resultado de que nos hayan enseñado que el amor, su expresión física y los instrumentos de esa expresión, son cosas de las cuales hay que avergonzarse. La realidad, claro, es que la naturaleza nos ha creado con esos apetitos y esas características. No puede pensarse que ella nos haya dado cosas respecto a las cuales quiere que nos avergoncemos
* - ¡Oh, chiquillas queridas! ¡Estoy gozando mucho! - gritó, frotando la cara contra una y después contra otra-. Vamos a desnudarnos todas, y disfrutar juntas de los grandes placeres del amor.
* - Julieta querida - suspiró, tocando con la lengua mi cuello, y quitándome al mismo tiempo la ropa interior-, eres un tributo a lo femenino. Verte es deslumbrarse.Ya estaba yo desnuda; los dedos hábiles de la madre Delbéne me acariciaron los pezones, y su lengua caliente y húmeda penetró agudamente en mi boca. Se había dado cuenta de inmediato que sus atenciones tenían en mí un efecto poderoso.
* - ¡Quisiera morir embriagada con usted!
* La espléndida abadesa suspiró con deleite y se dejó caer sobre nosotras; su lengua caliente y húmeda se abrió paso por la parte interior de mis muslos; después cambió un poco de posición para dejar que Eufrosina hiciera lo mismo con ella, y yo, sometiéndome con gozo al magnífico encanto de todo eso, tomé a la hermosa Eufrosina por las caderas y metí la cabeza entre sus piernas completando el terceto.
3
* En el transcurso de las semanas siguientes Eufrosina y yo fuimos llamadas regularmente a la presencia de nuestra querida madre Delbéne.
* Después de algunos meses, Eufrosina me dio la triste noticia que se iba del convento. Me sentí abrumada de inmediato por la tristeza y la preocupación, y bañé de lágrimas a mi querida amiga.
* -Yo me mantendré viviendo como cortesana- replicó-. Siempre he querido saborear la sexualidad de un hombre.
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viernes, 4 de abril de 2008
domingo, 30 de marzo de 2008
Sobre Heroes Y Tumbas Sabato
Sobre Héroes y Tumbas
Anécdotas.
En 1961, fruto de casi trece años de trabajo interrumpidos, Sabato publica "Sobre héroes y tumbas" (SHT). Aclamada por críticos de todos los países del mundo (ver algunas críticas), SHT se constituye en la mejor novela argentina del siglo XX, por su profundidad y su ambición.
Es ya conocida la tendencia de Sabato a destruir su obra. Muchas novelas, obras de teatro, artículos y ensayos han sido consumidos por las llamas, según las confesiones de Sabato. Es peculiar una anécdota que se cuenta en referencia a SHT. Una vez que estuvo terminada la novela, Sabato se negó publicarla y trató, también, de destruirla. Ante esta desición que había tomado el autor, Matilde su mujer, rincipal crítica y lectora de su obra, enfermó ante la amarga resolución de su esposo de terminar con tantos años de trabajo. Así, ante la enfermedad de Matilde, Sabato tomó la desicón de publicarla.
En el prólogo de SHT, aparece la dedicatoria "...a la mujer que tenazmente me alentó en los momentos de descreimiento, que son los más. Sin ella, nunca habría tenido fuerzas para llevarla a cabo...". Esa mujer es Matilde, el principal sostén de Ernesto Sabato.
Prólogo
Existe cierto tipo de ficciones mediante las cuales el autor intenta liberarse de una obse sión que no resulta clara ni para él mismo. Para bien y para mal, son las únicas que puedo escribir. Más, todavía, son las incomprensi- bles historias que me vi forzado a escribir desde que era un adolescente. Por ventura fui parco en su publicación, y recién en 1948 me decidí a pu- blicar una de ellas: El Túnel. En los trece años que transcurrieron luego, seguí explorando ese oscuro laberinto que conduce al secreto central de nuestra vida. Una y otra vez traté de expresar el resultado de mis búsque- das, hasta que desalentado por los pobres resultados terminaba por des- truir los manuscritos. Ahora, algunos amigos que los leyeron me han indu- cido a su publicación. A todos ellos quiero expresarles aquí mi reconoci- miento por esa fe y esa confianza que, por desdicha, yo nunca he tenido.
Dedico esta novela a la mujer que tenazmente me alentó en los momentos de descreimiento, que son los más. Sin ella, nunca habría tenido fuerzas para llevarla a cabo. Y aunque habría merecido algo mejor, aun así, con todas sus imperfecciones, a ella le pertenece.
Ernesto Sabato
(Nota a la 1ª edición (1961))
Noticia Preliminar
Las primeras investigaciones revelaron que el antiguo Mirador que servía de dormitorio a Alejandra fue cerrado con llave desde dentro por la propia Ale- jandra. Luego (aunque, lógicamente, no se pueda precisar el lapso transcu- rrido) mató a su padre de cuatro balazos con una pistola calibre 32. Finalmente, echó nafta y prendió fuego.
Esta tragedia, que sacudió a Buenos Aires por el relieve de esa vieja familia argentina, pudo parecer al comienzo la consecuencia de un repentino ataque de locura. Pero ahora un nuevo elemento de juicio ha alterado ese primitivo esquema. Un extraño "Informe sobre ciegos", que Fernando Vidal terminó de escribir la noche misma de su muerte, fue descubierto en el departamento que, con nombre supuesto, ocupaba en Villa Devoto. Es, de acuerdo con nuestras referencias, el manuscrito de un paranoico. Pero no obstante se dice que de él es posible inferir ciertas interpretaciones que echan luz sobre el crimen y hacen ceder la hipótesis del acto de locura ante una hipótesis más tenebrosa. Si esa inferencia es correcta, también se explicaría por qué Alejandra no se suicidó con una de las dos balas que restaban en la pistola, optando por quemarse viva.
[Fragmento de una crónica policial publicada el 28 de junio de 1955 por La Razón de Buenos Aires.]
El dragón y la princesa (parte IX)
—Aquí es— dijo.
Se sentía el intenso perfume a jazmín del país. La verja era muy vieja y estaba a medias cubierta con una glicina. La puerta, herrumbrada, se movía dificultosamente, con chirridos.
En medio de la oscuridad, brillaban los charcos de la reciente lluvia. Se veía una habitación iluminada, pero el silencio correspondía más bien a una casa sin habitaciones. Bordearon un jardín abandonado, cubierto de yuyos, por una veredita que había al costado de un galería lateral, sostenida por las columnas de hierro. La casa era viejísima, sus ventanas daban a la galería y aún conservaban sus rejas coloniales; las grandes baldosas eran seguramente de aquel tiempo, pues se sentían hundidas, gastadas y rotas.
Se oyó un clarinete: una frase sin estructura musical, lánguida, desarticulada y obsesiva.
—¿Y eso?— preguntó Martín.
—El tío Bebe —explicó Alejandra—, el loco.
Atravesaron un estrecho pasillo entre árboles muy viejos (Martín sentía ahora un intenso perfume de magnolia) y siguieron por un sendero de ladrillos que terminaba en una escalera de caracol.
—Ahora, ojo. Seguime despacito.
Martín tropezó con algo: un tacho o un cajón.
—¡No te dije que andés con ojo! Esperá.
Se detuvo y encendió un fósforo, que protegió con una mano y que acercó a Martín.
—Pero Alejandra, ¿no hay lámpara por ahí? Digo... algo... en el patio...
Oyó la risa seca y maligna.
—¡Lámparas! Vení, colocá tus manos en mis caderas y seguime.
—Esto es muy bueno para ciegos.
Sintió que Alejandra se detenía como paralizada por una descarga eléctrica.
—¿Qué te pasa, Alejandra?— preguntó Martín, alarmado.
—Nada —respondió con sequedad—, pero haceme el favor de no hablarme nunca de ciegos.
Martín volvió a poner sus manos sobre las caderas y la siguió en medio de la oscuridad. Mientras subían lentamente, con muchas precauciones, la escalera metálica, rota en muchas partes y vacilante en otras por la herrumbre, sentía bajo sus manos, por primera vez, el cuerpo de Alejandra, tan cercano y a la vez remoto y misterioso. Algo, un estremecimiento, una vacilación, expresaron aquella sensación sutil, y entonces ella preguntó qué pasaba y él respondió, con tristeza, "nada". Y cuando llegaron a lo alto, mientras Alejandra intentaba abrir una dificultosa cerradura, dijo "esto es el antiguo Mirador".
—¿Mirador?
—Sí, por aquí no había más que quintas a comienzos del siglo pasado. Aquí venían a pasar los fines de semana los Olmos, los Acevedo...
Se rió.
—En la época en que los Olmos no eran unos muertos de hambre... y unos locos...
—¿Los Acevedo? —preguntó Martín—. ¿Qué Acevedos? ¿El que fue vicepresidente?
—Sí, esos.
Por fin, con grandes esfuerzos, logró abrir la vieja puerta. Levantó su mano y encendió la luz.
—Bueno —dijo Martín—, por lo menos acá hay una lámpara. Creí que en esta casa sólo se alumbraban con velas.
—Oh, no te vayas a creer. Abuelo Pancho no usa más que quinqués. Dice que la electricidad es mala para la vista.
Martín recorrió con su mirada la pieza como si recorriera parte del alma desconocida de Alejandra. El techo no tenía cielo raso y se veían los grandes tirantes de madera. Había una cama turca recubierta con un poncho y un conjunto de muebles que parecían sacados de un remate: de diferentes épocas y estilos, pero todos rotosos y a punto de derrumbarse.
—Vení, mejor sentate sobre la cama. Acá las sillas son peligrosas.
Sobre una pared había un espejo, casi opaco, del tiempo veneciano, con una pintura en la parte superior. Había también restos de una cómoda y un bargueño. Había también un grabado o litografía mantenido con cuatro chinches en sus puntas.
Alejandra prendió un calentador de alcohol y se puso a hacer café. Mientras se calentaba el agua puso un disco.
—Escuchá— dijo, abstrayéndose y mirando al techo, mientras chupaba su cigarrillo.
Se oyó una música patética y tumultuosa.
Luego, bruscamente, quitó el disco.
—Bah —dijo—, ahora no la puedo oír.
Siguió preparando el café.
—Cuando lo estrenaron, Brahms mismo tocaba el piano. ¿Sabés lo que pasó?
—No.
—Lo silbaron. ¿Te das cuenta lo que es la humanidad?
—Bueno, quizá...
—¡Cómo quizá! —gritó Alejandra—, ¿acaso creés que la humanidad no es una pura chanchada?
—Pero este músico también es la humanidad...
—Mirá, Martín —comentó mientras echaba el café en la taza— ésos son los que sufren por el resto. Y el resto son nada más que hinchapelotas, hijos de puta o cretinos, ¿sabés?.
Trajo el café.
Se sentó en el borde de la cama y se quedó pensativa. Luego volvió a poner el disco un minuto.
—Oí, oí lo que es esto.
Nuevamente se oyeron los compases del primer movimiento.
—¿Te das cuenta, Martín, la cantidad de sufrimiento que ha tenido que producirse en el mundo para que haya hecho música así?
Mientras quitaba el disco, comentó:
—Bárbaro.
Se quedó pensativa, terminando su café. Luego puso el pocillo en el suelo.
En el silencio, de pronto, a través de la ventana abierta, se oyó el clarinete, como si un chico trazase garabatos sobre un papel.
—¿Dijiste que está loco?
—¿No te das cuenta? Ésta es una familia de locos. ¿Vos sabés quién vivió en ese altillo, durante ochenta años? La niña Escolástica. Vos sabés que antes se estilaba tener algún loco encerrado en alguna pieza del fondo. El Bebe es más bien un loco manso, una especie de opa, y de todos modos nadie puede hacer mal con el clarinete. Escolástica también era una loca mansa. ¿Sabés lo que le pasó? Vení. —Se levantó y fue hasta la litografía que estaba en la pared con cuatro chinches. —Mirá: son los restos de la legión de Lavalle, en la quebrada de Humahuaca. En ese tordillo va el cuerpo del general. Ése es el coronel Pedernera. El de al lado es Pedro Echagüe. Y ese otro barbudo, a la derecha, es el coronel Acevedo. Bonifacio Acevedo, el tío del abuelo Pancho. A Pancho le decimos abuelo, pero en realidad es bisabuelo.
Siguió mirando.
—Ese otro es el alférez Celedonio Olmos, el padre de abuelo Pancho, es decir mi tatarabuelo. Bonifacio se tuvo que escapar a Montevideo. Allá se casó con una uruguaya, una oriental, como dice el abuelo, una muchacha que se llamaba Encarnación Flores, y allá nació Escolástica. Mirá qué nombre. Antes de nacer, Bonifacio se unió a la legión y nunca vió a la chica, porque la campaña duró dos años y de ahí, de Humahuaca, pasaron a Bolivia, donde estuvo varios años; también en Chile estuvo un tiempo. En el 52, a comienzos del 52, después de trece años de no ver a su mujer, que vivía aquí en esta quinta, el comandante Bonifacio Acevedo, que estaba en Chile, con otros exiliados, no dió más de tristeza y se vino a Buenos Aires, disfrazado de arriero: se decía que Rosas iba a caer de un momento a otro, que Urquiza entraría a sangre y fuego en Buenos Aires. Pero él no quiso esperar y se largó. Lo denunció alguien, seguro, si no no se explica. Llegó a Buenos Aires y lo pescó la Mazorca. Lo degollaron y pasaron frente a casa, golpearon en la ventana y cuando abrieron tiraron la cabeza a la sala. Encarnación se murió de la impresión y Escolástica se volvió loca. ¡A los pocos días Urquiza entraba en Buenos Aires! Tenés que tener en cuenta que Escolástica se había criado sintiendo hablar de su padre y mirando su retrato.
De un cajón de la cómoda sacó una miniatura, en colores.
—Cuando era teniente de coraceros, en la campaña del Brasil.
Su brillante uniforme, su juventud, su gracia, contrastaban con la figura barbuda y destrozada de la vieja litografía.
—La Mazorca estaba enardecida por el pronunciamiento de Urquiza. ¿Sabés lo que hizo Escolástica? La madre se desmayó, pero ella se apoderó de la cabeza de su padre y corrió hasta aquí. Aquí se encerró con la cabeza del padre desde aquel año hasta su muerte, en 1932.
—¡En 1932!
—Sí, en 1932. Vivió ochenta años, aquí, encerrada con su cabeza. Aquí había que traerle la comida y sacarle todos los desperdicios. Nunca salió ni quiso salir. Otra cosa: con esa astucia que tienen los locos, había escondido la cabeza de su padre, de modo que nadie nunca la pudo sacar. Claro, la habrían podido encontrar de haberse hecho una búsqueda, pero ella se ponía frenética y no había forma de engañarla. "Tengo que sacar algo de la cómoda", le decían. Pero no había nada que hacer. Y nadie nunca pudo sacar nada de la cómoda, ni del bargueño, ni de la petaca esa. Y hasta que murió en 1932, todo quedó como había estado en 1852. ¿Lo creés?
—Parece imposible.
—Es rigurosamente histórico. Yo también pregunté muchas veces, ¿cómo comía? ¿Cómo limpiaban la pieza? Le llevaban la comida y lograban mantener un mínimo de limpieza. Escolástica era una loca mansa e incluso hablaba normalmente sobre casi todo, excepto sobre su padre y sobre la cabeza. Durante los ochenta años que estuvo encerrada nunca, por ejemplo, habló de su padre como si hubiese muerto. Hablaba en presente, quiero decir, como si estuviese en 1852 y como si tuviera doce años y como si su padre estuviese en Chile y fuese a venir de un momento a otro. Era una vieja tranquila. Pero su vida y hasta su lenguaje se habían detenido en 1852 y como si Rosas estuviera todavía en el poder. "Cuando ese hombre caiga", decía señalando con su cabeza hacia afuera, hacia donde había tranvías eléctricos y gobernaba Yrigoyen. Parece que su realidad tenía grandes regiones huecas o quizá como encerradas también con llave, y daba rodeos astutos como los de un chico para evitar hablar de esas cosas, como si no hablando de ellas no existiesen y por lo tanto tampoco existiese la muerte de su padre. Había abolido todo lo que estaba unido al degüello de Bonifacio Acevedo.
—¿Y qué pasó con la cabeza?
—En 1932 murió Escolástica y por fin pudieron revisar la cómoda y la petaca del comandante. Estaba envuelta en trapos (parece que la vieja la sacaba todas las noches y la colocaba sobre el bargueño y se pasaba las horas mirándola o quizá dormía con la cabeza allí, como un florero). Estaba momificada y achicada, claro. Y así ha permanecido.
—¿Cómo?
—Y por supuesto, ¿qué querés que se hiciera con la cabeza? ¿Qué se hace con una cabeza en semejante situación?
—Bueno, no sé. Toda esta historia es tan absurda, no sé.
—Y sobre todo tené presente lo que es mi familia, quiero decir los Olmos, no los Acevedo.
—¿Qué es tu familia?
—¿Todavía necesitás preguntarlo? ¿No lo oís al tío Bebe tocando el clarinete? ¿No ves dónde vivimos? Decíme, ¿sabés de alguien que tenga apellido en este país y que viva en Barracas, entre conventillos y fábricas? Comprenderás que con la cabeza no podía pasar nada normal, aparte de que nada de lo que pase con una cabeza sin el cuerpo correspondiente puede ser normal.
—¿Y entonces?
—Pues muy simple: la cabeza quedó en casa.
Martín se sobresaltó.
—¿Qué, te impresiona? ¿Qué otra cosa se podía hacer? ¿Hacer un cajoncito y un entierro chiquito para la cabeza?
Martín se rió nerviosamente, pero Alejandra permanecía seria.
—¿Y dónde la tienen?
—La tiene el abuelo Pancho, abajo, en una caja de sombreros. ¿Querés verla?
—¡Por amor de Dios! —exclamó Martín.
—¿Qué tiene? Es una hermosa cabeza, y te diré que me hace bien verla de vez en cuando, en medio de tanta basura. Aquéllos al menos eran hombres de verdad y se jugaban la vida por lo que creían. Te doy el dato que casi toda mi familia ha sido unitaria o lomos negros, pero que ni Fernando ni yo lo somos.
—¿Fernando? ¿Quién es Fernando?
Alejandra se quedó repentinamente callada, como si hubiese dicho algo de más.
Martín se quedó sorprendido. Tuvo la sensación de que Alejandra había dicho algo involuntario. Se había levantado, había ido hasta la mesita donde tenía el calentador y había puesto agua a calentar, mientras encendía un cigarrillo. Luego se asomó a la ventana.
—Vení —dijo, saliendo.
Martín la siguió. La noche era intensa y luminosa. Alejandra caminó por la terraza hacia la parte de adelante y luego se apoyó en la balaustrada.
—Antes —dijo— se veía desde aquí la llegada de los barcos al Riachuelo.
—Y ahora, ¿quién vive aquí?
—¿Aquí? Bueno, de la quinta no queda casi nada. Antes era una manzana. Después empezaron a vender. Ahí están esa fábrica y esos galpones, todo eso pertenecía a la quinta. De aquí, de este otro lado hay conventillos. Toda la parte de atrás de la casa también se vendió. Y esto que queda está todo hipotecado y en cualquier momento lo rematan.
—¿Y no te da pena?
Alejandra se encogió de hombros.
—No sé, tal vez lo siento por el Abuelo. Vive en el pasado, y se va a morir sin entender lo que ha sucedido en este país. ¿Sabés lo que pasa con el viejo? Pasa que no sabe lo que es la porquería, ¿entendés? Y ahora no tiene ni tiempo ni talento para llegar a saberlo. No sé si es mejor o es peor. La otra vez nos iban poner bando de remate y tuve que ir a verlo a Molinari para que arreglara el asunto.
—¿Molinari?
Martín volvía a oír ese nombre por segunda vez.
—Sí, una especie de animal mitológico. Como si un chancho dirigiese una sociedad anónima.
Martín la miró y Alejandra añadió, sonriendo:
—Tenemos cierto género de vinculación. Te imaginás que si ponen la bandera de remate el viejo se muere.
—¿Tu padre?
—Pero no, hombre: el abuelo.
—¿Y tu padre no se preocupa del problema?
Alejandra lo miró con una expresión que podría ser la mueca de un explorador a quien se le pregunta si en el Amazonas está muy desarrollada la industria automovilística.
—Tu padre —insistió Martín, de puro tímido que era, porque precisamente sentía que había dicho un disparate (aunque no sabía por qué) y que era mejor no insistir.
—Mi padre nunca está aquí —se limitó a aclarar Alejandra, con una voz que era distinta.
Martín, como los que aprenden a andar en bicicleta y tienen que seguir adelante para no caerse y que, gran misterio, terminan siempre por irse contra un árbol o cualquier otro obstáculo, preguntó:
—¿Vive en otra parte?
—¡Te acabo de decir que no vive acá!
Martín enrojeció.
Alejandra fue hacia el otro extremo de la terraza y permaneció allá un buen tiempo. Luego volvió y se acodó sobre la balaustrada, cerca de Martín.
—Mi madre murió cuando yo tenía cinco años. Y cuando tuve once lo encontré a mi padre aquí con una mujer. Pero ahora pienso que vivía con ella mucho antes que mi madre muriese.
Con una risa que se parecía a una risa normal como un criminal jorobado puede parecerse a un hombre sano agregó:
—En la misma cama donde yo duermo ahora.
Encendió un cigarrillo y a la luz del encendedor Martín pudo ver que en su cara quedaban restos de la risa anterior, el cadáver maloliente del jorobado.
Luego, en la oscuridad, veía como el cigarrillo de Alejandra se encendía con las profundas aspiraciones que ella hacía: fumaba, chupaba el cigarrillo con una avidez ansiosa y concentrada.
—Entonces me escapé de mi casa —dijo.
Anécdotas.
En 1961, fruto de casi trece años de trabajo interrumpidos, Sabato publica "Sobre héroes y tumbas" (SHT). Aclamada por críticos de todos los países del mundo (ver algunas críticas), SHT se constituye en la mejor novela argentina del siglo XX, por su profundidad y su ambición.
Es ya conocida la tendencia de Sabato a destruir su obra. Muchas novelas, obras de teatro, artículos y ensayos han sido consumidos por las llamas, según las confesiones de Sabato. Es peculiar una anécdota que se cuenta en referencia a SHT. Una vez que estuvo terminada la novela, Sabato se negó publicarla y trató, también, de destruirla. Ante esta desición que había tomado el autor, Matilde su mujer, rincipal crítica y lectora de su obra, enfermó ante la amarga resolución de su esposo de terminar con tantos años de trabajo. Así, ante la enfermedad de Matilde, Sabato tomó la desicón de publicarla.
En el prólogo de SHT, aparece la dedicatoria "...a la mujer que tenazmente me alentó en los momentos de descreimiento, que son los más. Sin ella, nunca habría tenido fuerzas para llevarla a cabo...". Esa mujer es Matilde, el principal sostén de Ernesto Sabato.
Prólogo
Existe cierto tipo de ficciones mediante las cuales el autor intenta liberarse de una obse sión que no resulta clara ni para él mismo. Para bien y para mal, son las únicas que puedo escribir. Más, todavía, son las incomprensi- bles historias que me vi forzado a escribir desde que era un adolescente. Por ventura fui parco en su publicación, y recién en 1948 me decidí a pu- blicar una de ellas: El Túnel. En los trece años que transcurrieron luego, seguí explorando ese oscuro laberinto que conduce al secreto central de nuestra vida. Una y otra vez traté de expresar el resultado de mis búsque- das, hasta que desalentado por los pobres resultados terminaba por des- truir los manuscritos. Ahora, algunos amigos que los leyeron me han indu- cido a su publicación. A todos ellos quiero expresarles aquí mi reconoci- miento por esa fe y esa confianza que, por desdicha, yo nunca he tenido.
Dedico esta novela a la mujer que tenazmente me alentó en los momentos de descreimiento, que son los más. Sin ella, nunca habría tenido fuerzas para llevarla a cabo. Y aunque habría merecido algo mejor, aun así, con todas sus imperfecciones, a ella le pertenece.
Ernesto Sabato
(Nota a la 1ª edición (1961))
Noticia Preliminar
Las primeras investigaciones revelaron que el antiguo Mirador que servía de dormitorio a Alejandra fue cerrado con llave desde dentro por la propia Ale- jandra. Luego (aunque, lógicamente, no se pueda precisar el lapso transcu- rrido) mató a su padre de cuatro balazos con una pistola calibre 32. Finalmente, echó nafta y prendió fuego.
Esta tragedia, que sacudió a Buenos Aires por el relieve de esa vieja familia argentina, pudo parecer al comienzo la consecuencia de un repentino ataque de locura. Pero ahora un nuevo elemento de juicio ha alterado ese primitivo esquema. Un extraño "Informe sobre ciegos", que Fernando Vidal terminó de escribir la noche misma de su muerte, fue descubierto en el departamento que, con nombre supuesto, ocupaba en Villa Devoto. Es, de acuerdo con nuestras referencias, el manuscrito de un paranoico. Pero no obstante se dice que de él es posible inferir ciertas interpretaciones que echan luz sobre el crimen y hacen ceder la hipótesis del acto de locura ante una hipótesis más tenebrosa. Si esa inferencia es correcta, también se explicaría por qué Alejandra no se suicidó con una de las dos balas que restaban en la pistola, optando por quemarse viva.
[Fragmento de una crónica policial publicada el 28 de junio de 1955 por La Razón de Buenos Aires.]
El dragón y la princesa (parte IX)
—Aquí es— dijo.
Se sentía el intenso perfume a jazmín del país. La verja era muy vieja y estaba a medias cubierta con una glicina. La puerta, herrumbrada, se movía dificultosamente, con chirridos.
En medio de la oscuridad, brillaban los charcos de la reciente lluvia. Se veía una habitación iluminada, pero el silencio correspondía más bien a una casa sin habitaciones. Bordearon un jardín abandonado, cubierto de yuyos, por una veredita que había al costado de un galería lateral, sostenida por las columnas de hierro. La casa era viejísima, sus ventanas daban a la galería y aún conservaban sus rejas coloniales; las grandes baldosas eran seguramente de aquel tiempo, pues se sentían hundidas, gastadas y rotas.
Se oyó un clarinete: una frase sin estructura musical, lánguida, desarticulada y obsesiva.
—¿Y eso?— preguntó Martín.
—El tío Bebe —explicó Alejandra—, el loco.
Atravesaron un estrecho pasillo entre árboles muy viejos (Martín sentía ahora un intenso perfume de magnolia) y siguieron por un sendero de ladrillos que terminaba en una escalera de caracol.
—Ahora, ojo. Seguime despacito.
Martín tropezó con algo: un tacho o un cajón.
—¡No te dije que andés con ojo! Esperá.
Se detuvo y encendió un fósforo, que protegió con una mano y que acercó a Martín.
—Pero Alejandra, ¿no hay lámpara por ahí? Digo... algo... en el patio...
Oyó la risa seca y maligna.
—¡Lámparas! Vení, colocá tus manos en mis caderas y seguime.
—Esto es muy bueno para ciegos.
Sintió que Alejandra se detenía como paralizada por una descarga eléctrica.
—¿Qué te pasa, Alejandra?— preguntó Martín, alarmado.
—Nada —respondió con sequedad—, pero haceme el favor de no hablarme nunca de ciegos.
Martín volvió a poner sus manos sobre las caderas y la siguió en medio de la oscuridad. Mientras subían lentamente, con muchas precauciones, la escalera metálica, rota en muchas partes y vacilante en otras por la herrumbre, sentía bajo sus manos, por primera vez, el cuerpo de Alejandra, tan cercano y a la vez remoto y misterioso. Algo, un estremecimiento, una vacilación, expresaron aquella sensación sutil, y entonces ella preguntó qué pasaba y él respondió, con tristeza, "nada". Y cuando llegaron a lo alto, mientras Alejandra intentaba abrir una dificultosa cerradura, dijo "esto es el antiguo Mirador".
—¿Mirador?
—Sí, por aquí no había más que quintas a comienzos del siglo pasado. Aquí venían a pasar los fines de semana los Olmos, los Acevedo...
Se rió.
—En la época en que los Olmos no eran unos muertos de hambre... y unos locos...
—¿Los Acevedo? —preguntó Martín—. ¿Qué Acevedos? ¿El que fue vicepresidente?
—Sí, esos.
Por fin, con grandes esfuerzos, logró abrir la vieja puerta. Levantó su mano y encendió la luz.
—Bueno —dijo Martín—, por lo menos acá hay una lámpara. Creí que en esta casa sólo se alumbraban con velas.
—Oh, no te vayas a creer. Abuelo Pancho no usa más que quinqués. Dice que la electricidad es mala para la vista.
Martín recorrió con su mirada la pieza como si recorriera parte del alma desconocida de Alejandra. El techo no tenía cielo raso y se veían los grandes tirantes de madera. Había una cama turca recubierta con un poncho y un conjunto de muebles que parecían sacados de un remate: de diferentes épocas y estilos, pero todos rotosos y a punto de derrumbarse.
—Vení, mejor sentate sobre la cama. Acá las sillas son peligrosas.
Sobre una pared había un espejo, casi opaco, del tiempo veneciano, con una pintura en la parte superior. Había también restos de una cómoda y un bargueño. Había también un grabado o litografía mantenido con cuatro chinches en sus puntas.
Alejandra prendió un calentador de alcohol y se puso a hacer café. Mientras se calentaba el agua puso un disco.
—Escuchá— dijo, abstrayéndose y mirando al techo, mientras chupaba su cigarrillo.
Se oyó una música patética y tumultuosa.
Luego, bruscamente, quitó el disco.
—Bah —dijo—, ahora no la puedo oír.
Siguió preparando el café.
—Cuando lo estrenaron, Brahms mismo tocaba el piano. ¿Sabés lo que pasó?
—No.
—Lo silbaron. ¿Te das cuenta lo que es la humanidad?
—Bueno, quizá...
—¡Cómo quizá! —gritó Alejandra—, ¿acaso creés que la humanidad no es una pura chanchada?
—Pero este músico también es la humanidad...
—Mirá, Martín —comentó mientras echaba el café en la taza— ésos son los que sufren por el resto. Y el resto son nada más que hinchapelotas, hijos de puta o cretinos, ¿sabés?.
Trajo el café.
Se sentó en el borde de la cama y se quedó pensativa. Luego volvió a poner el disco un minuto.
—Oí, oí lo que es esto.
Nuevamente se oyeron los compases del primer movimiento.
—¿Te das cuenta, Martín, la cantidad de sufrimiento que ha tenido que producirse en el mundo para que haya hecho música así?
Mientras quitaba el disco, comentó:
—Bárbaro.
Se quedó pensativa, terminando su café. Luego puso el pocillo en el suelo.
En el silencio, de pronto, a través de la ventana abierta, se oyó el clarinete, como si un chico trazase garabatos sobre un papel.
—¿Dijiste que está loco?
—¿No te das cuenta? Ésta es una familia de locos. ¿Vos sabés quién vivió en ese altillo, durante ochenta años? La niña Escolástica. Vos sabés que antes se estilaba tener algún loco encerrado en alguna pieza del fondo. El Bebe es más bien un loco manso, una especie de opa, y de todos modos nadie puede hacer mal con el clarinete. Escolástica también era una loca mansa. ¿Sabés lo que le pasó? Vení. —Se levantó y fue hasta la litografía que estaba en la pared con cuatro chinches. —Mirá: son los restos de la legión de Lavalle, en la quebrada de Humahuaca. En ese tordillo va el cuerpo del general. Ése es el coronel Pedernera. El de al lado es Pedro Echagüe. Y ese otro barbudo, a la derecha, es el coronel Acevedo. Bonifacio Acevedo, el tío del abuelo Pancho. A Pancho le decimos abuelo, pero en realidad es bisabuelo.
Siguió mirando.
—Ese otro es el alférez Celedonio Olmos, el padre de abuelo Pancho, es decir mi tatarabuelo. Bonifacio se tuvo que escapar a Montevideo. Allá se casó con una uruguaya, una oriental, como dice el abuelo, una muchacha que se llamaba Encarnación Flores, y allá nació Escolástica. Mirá qué nombre. Antes de nacer, Bonifacio se unió a la legión y nunca vió a la chica, porque la campaña duró dos años y de ahí, de Humahuaca, pasaron a Bolivia, donde estuvo varios años; también en Chile estuvo un tiempo. En el 52, a comienzos del 52, después de trece años de no ver a su mujer, que vivía aquí en esta quinta, el comandante Bonifacio Acevedo, que estaba en Chile, con otros exiliados, no dió más de tristeza y se vino a Buenos Aires, disfrazado de arriero: se decía que Rosas iba a caer de un momento a otro, que Urquiza entraría a sangre y fuego en Buenos Aires. Pero él no quiso esperar y se largó. Lo denunció alguien, seguro, si no no se explica. Llegó a Buenos Aires y lo pescó la Mazorca. Lo degollaron y pasaron frente a casa, golpearon en la ventana y cuando abrieron tiraron la cabeza a la sala. Encarnación se murió de la impresión y Escolástica se volvió loca. ¡A los pocos días Urquiza entraba en Buenos Aires! Tenés que tener en cuenta que Escolástica se había criado sintiendo hablar de su padre y mirando su retrato.
De un cajón de la cómoda sacó una miniatura, en colores.
—Cuando era teniente de coraceros, en la campaña del Brasil.
Su brillante uniforme, su juventud, su gracia, contrastaban con la figura barbuda y destrozada de la vieja litografía.
—La Mazorca estaba enardecida por el pronunciamiento de Urquiza. ¿Sabés lo que hizo Escolástica? La madre se desmayó, pero ella se apoderó de la cabeza de su padre y corrió hasta aquí. Aquí se encerró con la cabeza del padre desde aquel año hasta su muerte, en 1932.
—¡En 1932!
—Sí, en 1932. Vivió ochenta años, aquí, encerrada con su cabeza. Aquí había que traerle la comida y sacarle todos los desperdicios. Nunca salió ni quiso salir. Otra cosa: con esa astucia que tienen los locos, había escondido la cabeza de su padre, de modo que nadie nunca la pudo sacar. Claro, la habrían podido encontrar de haberse hecho una búsqueda, pero ella se ponía frenética y no había forma de engañarla. "Tengo que sacar algo de la cómoda", le decían. Pero no había nada que hacer. Y nadie nunca pudo sacar nada de la cómoda, ni del bargueño, ni de la petaca esa. Y hasta que murió en 1932, todo quedó como había estado en 1852. ¿Lo creés?
—Parece imposible.
—Es rigurosamente histórico. Yo también pregunté muchas veces, ¿cómo comía? ¿Cómo limpiaban la pieza? Le llevaban la comida y lograban mantener un mínimo de limpieza. Escolástica era una loca mansa e incluso hablaba normalmente sobre casi todo, excepto sobre su padre y sobre la cabeza. Durante los ochenta años que estuvo encerrada nunca, por ejemplo, habló de su padre como si hubiese muerto. Hablaba en presente, quiero decir, como si estuviese en 1852 y como si tuviera doce años y como si su padre estuviese en Chile y fuese a venir de un momento a otro. Era una vieja tranquila. Pero su vida y hasta su lenguaje se habían detenido en 1852 y como si Rosas estuviera todavía en el poder. "Cuando ese hombre caiga", decía señalando con su cabeza hacia afuera, hacia donde había tranvías eléctricos y gobernaba Yrigoyen. Parece que su realidad tenía grandes regiones huecas o quizá como encerradas también con llave, y daba rodeos astutos como los de un chico para evitar hablar de esas cosas, como si no hablando de ellas no existiesen y por lo tanto tampoco existiese la muerte de su padre. Había abolido todo lo que estaba unido al degüello de Bonifacio Acevedo.
—¿Y qué pasó con la cabeza?
—En 1932 murió Escolástica y por fin pudieron revisar la cómoda y la petaca del comandante. Estaba envuelta en trapos (parece que la vieja la sacaba todas las noches y la colocaba sobre el bargueño y se pasaba las horas mirándola o quizá dormía con la cabeza allí, como un florero). Estaba momificada y achicada, claro. Y así ha permanecido.
—¿Cómo?
—Y por supuesto, ¿qué querés que se hiciera con la cabeza? ¿Qué se hace con una cabeza en semejante situación?
—Bueno, no sé. Toda esta historia es tan absurda, no sé.
—Y sobre todo tené presente lo que es mi familia, quiero decir los Olmos, no los Acevedo.
—¿Qué es tu familia?
—¿Todavía necesitás preguntarlo? ¿No lo oís al tío Bebe tocando el clarinete? ¿No ves dónde vivimos? Decíme, ¿sabés de alguien que tenga apellido en este país y que viva en Barracas, entre conventillos y fábricas? Comprenderás que con la cabeza no podía pasar nada normal, aparte de que nada de lo que pase con una cabeza sin el cuerpo correspondiente puede ser normal.
—¿Y entonces?
—Pues muy simple: la cabeza quedó en casa.
Martín se sobresaltó.
—¿Qué, te impresiona? ¿Qué otra cosa se podía hacer? ¿Hacer un cajoncito y un entierro chiquito para la cabeza?
Martín se rió nerviosamente, pero Alejandra permanecía seria.
—¿Y dónde la tienen?
—La tiene el abuelo Pancho, abajo, en una caja de sombreros. ¿Querés verla?
—¡Por amor de Dios! —exclamó Martín.
—¿Qué tiene? Es una hermosa cabeza, y te diré que me hace bien verla de vez en cuando, en medio de tanta basura. Aquéllos al menos eran hombres de verdad y se jugaban la vida por lo que creían. Te doy el dato que casi toda mi familia ha sido unitaria o lomos negros, pero que ni Fernando ni yo lo somos.
—¿Fernando? ¿Quién es Fernando?
Alejandra se quedó repentinamente callada, como si hubiese dicho algo de más.
Martín se quedó sorprendido. Tuvo la sensación de que Alejandra había dicho algo involuntario. Se había levantado, había ido hasta la mesita donde tenía el calentador y había puesto agua a calentar, mientras encendía un cigarrillo. Luego se asomó a la ventana.
—Vení —dijo, saliendo.
Martín la siguió. La noche era intensa y luminosa. Alejandra caminó por la terraza hacia la parte de adelante y luego se apoyó en la balaustrada.
—Antes —dijo— se veía desde aquí la llegada de los barcos al Riachuelo.
—Y ahora, ¿quién vive aquí?
—¿Aquí? Bueno, de la quinta no queda casi nada. Antes era una manzana. Después empezaron a vender. Ahí están esa fábrica y esos galpones, todo eso pertenecía a la quinta. De aquí, de este otro lado hay conventillos. Toda la parte de atrás de la casa también se vendió. Y esto que queda está todo hipotecado y en cualquier momento lo rematan.
—¿Y no te da pena?
Alejandra se encogió de hombros.
—No sé, tal vez lo siento por el Abuelo. Vive en el pasado, y se va a morir sin entender lo que ha sucedido en este país. ¿Sabés lo que pasa con el viejo? Pasa que no sabe lo que es la porquería, ¿entendés? Y ahora no tiene ni tiempo ni talento para llegar a saberlo. No sé si es mejor o es peor. La otra vez nos iban poner bando de remate y tuve que ir a verlo a Molinari para que arreglara el asunto.
—¿Molinari?
Martín volvía a oír ese nombre por segunda vez.
—Sí, una especie de animal mitológico. Como si un chancho dirigiese una sociedad anónima.
Martín la miró y Alejandra añadió, sonriendo:
—Tenemos cierto género de vinculación. Te imaginás que si ponen la bandera de remate el viejo se muere.
—¿Tu padre?
—Pero no, hombre: el abuelo.
—¿Y tu padre no se preocupa del problema?
Alejandra lo miró con una expresión que podría ser la mueca de un explorador a quien se le pregunta si en el Amazonas está muy desarrollada la industria automovilística.
—Tu padre —insistió Martín, de puro tímido que era, porque precisamente sentía que había dicho un disparate (aunque no sabía por qué) y que era mejor no insistir.
—Mi padre nunca está aquí —se limitó a aclarar Alejandra, con una voz que era distinta.
Martín, como los que aprenden a andar en bicicleta y tienen que seguir adelante para no caerse y que, gran misterio, terminan siempre por irse contra un árbol o cualquier otro obstáculo, preguntó:
—¿Vive en otra parte?
—¡Te acabo de decir que no vive acá!
Martín enrojeció.
Alejandra fue hacia el otro extremo de la terraza y permaneció allá un buen tiempo. Luego volvió y se acodó sobre la balaustrada, cerca de Martín.
—Mi madre murió cuando yo tenía cinco años. Y cuando tuve once lo encontré a mi padre aquí con una mujer. Pero ahora pienso que vivía con ella mucho antes que mi madre muriese.
Con una risa que se parecía a una risa normal como un criminal jorobado puede parecerse a un hombre sano agregó:
—En la misma cama donde yo duermo ahora.
Encendió un cigarrillo y a la luz del encendedor Martín pudo ver que en su cara quedaban restos de la risa anterior, el cadáver maloliente del jorobado.
Luego, en la oscuridad, veía como el cigarrillo de Alejandra se encendía con las profundas aspiraciones que ella hacía: fumaba, chupaba el cigarrillo con una avidez ansiosa y concentrada.
—Entonces me escapé de mi casa —dijo.
Ernesto Sabato El Túnel
El Túnel
El túnel (1948), es la primera novela publicada por Ernesto Sabato. Fruto de su inclusión en el mundo de las letras, este libro, es la primera experiencia de su autor después de abandonar las ciencias. La novela revela la incomunicación que sufre su personaje (Castel) y su continua búsqueda de un absoluto. Mediante esa necesidad de encontrar una esencia por lo que existir, Castel se vuelca hacia María Iribarne, quien da señales de haberlo comprendido. Mediante una mentalidad racionalizada, Castel, conduce sus sentimientos hacia una mezcla de sensaciones (amor, celos, desprecio; y su insatisfecha necesidad de comprensión) que lo llevan a cometer su crimen.
"—¿Qué lectura hace usted de "El túnel"?— En un primer "piso", es la confesión de un criminal que asesina por celos. En un piso más profundo, o, mejor dicho, en el piso más profundo, es el drama de la soledad, de la comunicación, de la búsqueda de lo absoluto".
del libro "Entre la letra y la sangre. Conversaciones con Carlos Catania", Buenos Aires, Seix Barral, 1988.
I
Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.
Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que "todo tiempo pasado fue peor", si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. ¡Cuántas veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer una noticia en la sección policial! Pero la verdad es que no siempre lo más vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto, los criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo es pernicioso? Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción. Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo siga destilando su veneno y que en vez de eliminarlo se quiera contrarrestar su acción recurriendo a anónimos, maledicencia y otras bajezas semejantes. En lo que a mí se refiere, debo confesar que ahora lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que conozco.
Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista se quejó de hambre y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero viva.
No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata.
II
Como decía, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán preguntarse qué me mueve a escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar mi crimen) y, sobre todo, a buscar un editor. Conozco bastante bien el alma humana para prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me importa un bledo; hace rato que me importan un bledo la opinión y la justicia de los hombres. Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¡Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumentando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas? La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad. Cuando yo era chico y me desesperaba ante la idea de que mi madre debía morirse un día (con los años se llega a saber que la muerte no sólo es soportable sino hasta reconfortante), no imaginaba que mi madre pudiese tener defectos. Ahora que no existe, debo decir que fue tan buena como puede Ilegar a serlo un ser humano. Pero recuerdo, en sus últimos años, cuando yo era un hombre, cómo al comienzo me dolía descubrir debajo de sus mejores acciones un sutilísimo ingrediente de vanidad o de orgullo. Algo mucho más demostrativo me sucedió a mí mismo cuando la operaron de cáncer. Para Ilegar a tiempo tuve que viajar dos días enteros sin dormir. Cuando llegué al lado de su cama, su rostro de cadáver logró sonreírme levemente, con ternura, y murmuró unas palabras para compadecerme (¡ella se compadecía de mi cansancio!). Y yo sentí dentro de mí, oscuramente, el vanidoso orgullo de haber acudido tan pronto. Confieso este secreto para que vean hasta qué punto no me creo mejor que los demás.
Sin embargo, no relato esta historia por vanidad. Quizá estaría dispuesto a aceptar que hay algo de orgullo o de soberbia. Pero ¿por qué esa manía de querer encontrar explicación a todos los actos de la vida? Cuando comencé este relato estaba firmemente decidido a no dar explicaciones de ninguna especie. Tenía ganas de contar la historia de mi crimen, y se acabó: al que no le gustara, que no la leyese. Aunque no lo creo, porque precisamente esa gente que siempre anda detrás de las explicaciones es la más curiosa y pienso que ninguno de ellos se perderá la oportunidad de leer la historia de un crimen hasta el final.
Podría reservarme los motivos que me movieron a escribir estas páginas de confesión; pero como no tengo interés en pasar por excéntrico, diré la verdad, que de todos modos es bastante simple: pensé que podrían ser leídas por mucha gente, ya que ahora soy célebre; y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de la humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me anima la débil esperanza de que alguna persona Ilegue a entenderme. AUNQUE SEA UNA SOLA PERSONA.
¿Por qué —se podrá preguntar alguien— apenas una débil esperanza si el manuscrito ha de ser leído por tantas personas? Este es el género de preguntas que considero inútiles. Y no obstante hay que preverlas, porque la gente hace constantemente preguntas inútiles, preguntas que el análisis más superficial revela innecesarias. Puedo hablar hasta el cansancio y a gritos delante de una asamblea de cien mil rusos:nadie me entendería. ¿Se dan cuenta de lo que quiero decir?
Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté.
VIII
Mientras volvía a mi casa profundamente deprimido, trataba de pensar con claridad. Mi cerebro es un hervidero, pero cuando me pongo nervioso las ideas se me suceden como en un vertiginoso ballet; a pesar de lo cual, o quizá por eso mismo, he ido acostumbrándome a gobernarlas y ordenarlas rigurosamente; de otro modo creo que no tardaría en volverme loco.
Como dije, volví a casa en un estado de profunda depresión, pero no por eso dejé de ordenar y clasificar las ideas, pues sentí que era necesario pesar con claridad si no quería perder para siempre a la única persona que evidentemente había comprendido mi pintura.
O ella entró en la oficina para hacer una gestión, o trabajaba allí; no había otra posibilidad. Desde luego, esta última era la hipótesis más favorable. En este caso, al separarse de mí se habría sentido trastornada y decidiría volver a su casa: era necesario esperarla, pues, al otro día frente a la entrada.
Analicé luego la otra posibilidad: la gestión. Podría haber sucedido que, trastornada por el encuentro, hubiera vuelto a la casa y decidido dejar la gestión para el otro día. También en este caso correspondía esperarla en la entrada.
Estas dos eran las posibilidades favorables. La otra era terrible: la gestión había sido hecha mientras yo llegaba al edificio y durante mi aventura de ida y vuelta en el ascensor. Es decir, que nos habíamos cruzado sin vernos. El tiempo de todo este proceso era muy breve y era muy improbable que las cosas hubieran sucedido de este modo, pero era posible: bien podía consistir la famosa gestión en entregar una carta, por ejemplo. En tales condiciones creí inútil volver al otro día a esperar.
Había, sin embargo, dos posibilidades favorables y me aferré a ellas con desesperación.
Llegué a mi casa con una mezcla de sentimientos: por un lado, cada vez que pensaba en la frase que ella había dicho (''La recuerdo constantemente''), mi corazón latía con violencia y sentí que se me habría una oscura pero vasta y poderosa perspectiva; intuí que una gran fuerza, hasta ese momento dormida, se desencadenaría en mí. Por otro lado imaginé que podía pasar mucho tiempo antes de volver a encontrarla. Me encontré diciendo en alta voz, varias veces: ''Es necesario, es necesario''.
XI
Pasé una noche agitada. No pude dibujar ni pintar, aunque intenté muchas veces empezar algo. Salí a caminar y de pronto me encontré en la calle Corrientes. Me pasaba algo muy extraño: miraba con simpatía a todo el mundo. Creo haber dicho que me he propuesto hacer este relato en forma totalmente imparcial y ahora daré la primera prueba, confesando uno de mis peores defectos: siempre he mirado con antipatía y hasta con asco a la gente, sobre todo a la gente amontonada; nunca he soportado las playas en verano. Algunos hombres, algunas mujeres aisladas me fueron muy queridos, por otros sentí admiración (no soy envidioso), por otros tuve verdadera simpatía; por los chicos siempre tuve ternura y compasión (sobre todo cuando, mediante un esfuerzo mental, trataba de olvidar que al fin serían hombres como los demás); pero, en general, la humanidad me pareció siempre detestable. No tengo inconvenientes en manifestar que a veces me impedía pintar durante una semana el haber observado un rasgo; es increíble hasta qué punto la codicia, la envidia, la petulancia, la grosería, la avidez y, en general, todo ese conjunto de atributos que forman la condición humana pueden verse en una cara, en una manera de caminar, en una mirada. Me parece natural que después de un encuentro así uno no tenga ganas de comer, de pintar, ni aún de vivir. Sin embargo, quiero hacer constar que no me enorgullezco de esta característica: sé que es una muestra de soberbia y sé, también, que mi alma ha albergado muchas veces la codicia, la petulancia, la avidez y la grosería. Pero he dicho que me propongo narrar esta historia con entera imparcialidad, y así lo haré.
Esa noche, pues, mi desprecio por la humanidad parecía abolido o, por lo menos, transitoriamente ausente. Entré en el café Marzotto. Supongo que ustedes saben que la gente va allí a oír tangos, pero a oírlos como un creyente en Dios oye La pasión según San Marín.
El túnel (1948), es la primera novela publicada por Ernesto Sabato. Fruto de su inclusión en el mundo de las letras, este libro, es la primera experiencia de su autor después de abandonar las ciencias. La novela revela la incomunicación que sufre su personaje (Castel) y su continua búsqueda de un absoluto. Mediante esa necesidad de encontrar una esencia por lo que existir, Castel se vuelca hacia María Iribarne, quien da señales de haberlo comprendido. Mediante una mentalidad racionalizada, Castel, conduce sus sentimientos hacia una mezcla de sensaciones (amor, celos, desprecio; y su insatisfecha necesidad de comprensión) que lo llevan a cometer su crimen.
"—¿Qué lectura hace usted de "El túnel"?— En un primer "piso", es la confesión de un criminal que asesina por celos. En un piso más profundo, o, mejor dicho, en el piso más profundo, es el drama de la soledad, de la comunicación, de la búsqueda de lo absoluto".
del libro "Entre la letra y la sangre. Conversaciones con Carlos Catania", Buenos Aires, Seix Barral, 1988.
I
Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.
Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que "todo tiempo pasado fue peor", si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. ¡Cuántas veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer una noticia en la sección policial! Pero la verdad es que no siempre lo más vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto, los criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo es pernicioso? Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción. Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo siga destilando su veneno y que en vez de eliminarlo se quiera contrarrestar su acción recurriendo a anónimos, maledicencia y otras bajezas semejantes. En lo que a mí se refiere, debo confesar que ahora lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que conozco.
Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista se quejó de hambre y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero viva.
No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata.
II
Como decía, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán preguntarse qué me mueve a escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar mi crimen) y, sobre todo, a buscar un editor. Conozco bastante bien el alma humana para prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me importa un bledo; hace rato que me importan un bledo la opinión y la justicia de los hombres. Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¡Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumentando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas? La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad. Cuando yo era chico y me desesperaba ante la idea de que mi madre debía morirse un día (con los años se llega a saber que la muerte no sólo es soportable sino hasta reconfortante), no imaginaba que mi madre pudiese tener defectos. Ahora que no existe, debo decir que fue tan buena como puede Ilegar a serlo un ser humano. Pero recuerdo, en sus últimos años, cuando yo era un hombre, cómo al comienzo me dolía descubrir debajo de sus mejores acciones un sutilísimo ingrediente de vanidad o de orgullo. Algo mucho más demostrativo me sucedió a mí mismo cuando la operaron de cáncer. Para Ilegar a tiempo tuve que viajar dos días enteros sin dormir. Cuando llegué al lado de su cama, su rostro de cadáver logró sonreírme levemente, con ternura, y murmuró unas palabras para compadecerme (¡ella se compadecía de mi cansancio!). Y yo sentí dentro de mí, oscuramente, el vanidoso orgullo de haber acudido tan pronto. Confieso este secreto para que vean hasta qué punto no me creo mejor que los demás.
Sin embargo, no relato esta historia por vanidad. Quizá estaría dispuesto a aceptar que hay algo de orgullo o de soberbia. Pero ¿por qué esa manía de querer encontrar explicación a todos los actos de la vida? Cuando comencé este relato estaba firmemente decidido a no dar explicaciones de ninguna especie. Tenía ganas de contar la historia de mi crimen, y se acabó: al que no le gustara, que no la leyese. Aunque no lo creo, porque precisamente esa gente que siempre anda detrás de las explicaciones es la más curiosa y pienso que ninguno de ellos se perderá la oportunidad de leer la historia de un crimen hasta el final.
Podría reservarme los motivos que me movieron a escribir estas páginas de confesión; pero como no tengo interés en pasar por excéntrico, diré la verdad, que de todos modos es bastante simple: pensé que podrían ser leídas por mucha gente, ya que ahora soy célebre; y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de la humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me anima la débil esperanza de que alguna persona Ilegue a entenderme. AUNQUE SEA UNA SOLA PERSONA.
¿Por qué —se podrá preguntar alguien— apenas una débil esperanza si el manuscrito ha de ser leído por tantas personas? Este es el género de preguntas que considero inútiles. Y no obstante hay que preverlas, porque la gente hace constantemente preguntas inútiles, preguntas que el análisis más superficial revela innecesarias. Puedo hablar hasta el cansancio y a gritos delante de una asamblea de cien mil rusos:nadie me entendería. ¿Se dan cuenta de lo que quiero decir?
Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté.
VIII
Mientras volvía a mi casa profundamente deprimido, trataba de pensar con claridad. Mi cerebro es un hervidero, pero cuando me pongo nervioso las ideas se me suceden como en un vertiginoso ballet; a pesar de lo cual, o quizá por eso mismo, he ido acostumbrándome a gobernarlas y ordenarlas rigurosamente; de otro modo creo que no tardaría en volverme loco.
Como dije, volví a casa en un estado de profunda depresión, pero no por eso dejé de ordenar y clasificar las ideas, pues sentí que era necesario pesar con claridad si no quería perder para siempre a la única persona que evidentemente había comprendido mi pintura.
O ella entró en la oficina para hacer una gestión, o trabajaba allí; no había otra posibilidad. Desde luego, esta última era la hipótesis más favorable. En este caso, al separarse de mí se habría sentido trastornada y decidiría volver a su casa: era necesario esperarla, pues, al otro día frente a la entrada.
Analicé luego la otra posibilidad: la gestión. Podría haber sucedido que, trastornada por el encuentro, hubiera vuelto a la casa y decidido dejar la gestión para el otro día. También en este caso correspondía esperarla en la entrada.
Estas dos eran las posibilidades favorables. La otra era terrible: la gestión había sido hecha mientras yo llegaba al edificio y durante mi aventura de ida y vuelta en el ascensor. Es decir, que nos habíamos cruzado sin vernos. El tiempo de todo este proceso era muy breve y era muy improbable que las cosas hubieran sucedido de este modo, pero era posible: bien podía consistir la famosa gestión en entregar una carta, por ejemplo. En tales condiciones creí inútil volver al otro día a esperar.
Había, sin embargo, dos posibilidades favorables y me aferré a ellas con desesperación.
Llegué a mi casa con una mezcla de sentimientos: por un lado, cada vez que pensaba en la frase que ella había dicho (''La recuerdo constantemente''), mi corazón latía con violencia y sentí que se me habría una oscura pero vasta y poderosa perspectiva; intuí que una gran fuerza, hasta ese momento dormida, se desencadenaría en mí. Por otro lado imaginé que podía pasar mucho tiempo antes de volver a encontrarla. Me encontré diciendo en alta voz, varias veces: ''Es necesario, es necesario''.
XI
Pasé una noche agitada. No pude dibujar ni pintar, aunque intenté muchas veces empezar algo. Salí a caminar y de pronto me encontré en la calle Corrientes. Me pasaba algo muy extraño: miraba con simpatía a todo el mundo. Creo haber dicho que me he propuesto hacer este relato en forma totalmente imparcial y ahora daré la primera prueba, confesando uno de mis peores defectos: siempre he mirado con antipatía y hasta con asco a la gente, sobre todo a la gente amontonada; nunca he soportado las playas en verano. Algunos hombres, algunas mujeres aisladas me fueron muy queridos, por otros sentí admiración (no soy envidioso), por otros tuve verdadera simpatía; por los chicos siempre tuve ternura y compasión (sobre todo cuando, mediante un esfuerzo mental, trataba de olvidar que al fin serían hombres como los demás); pero, en general, la humanidad me pareció siempre detestable. No tengo inconvenientes en manifestar que a veces me impedía pintar durante una semana el haber observado un rasgo; es increíble hasta qué punto la codicia, la envidia, la petulancia, la grosería, la avidez y, en general, todo ese conjunto de atributos que forman la condición humana pueden verse en una cara, en una manera de caminar, en una mirada. Me parece natural que después de un encuentro así uno no tenga ganas de comer, de pintar, ni aún de vivir. Sin embargo, quiero hacer constar que no me enorgullezco de esta característica: sé que es una muestra de soberbia y sé, también, que mi alma ha albergado muchas veces la codicia, la petulancia, la avidez y la grosería. Pero he dicho que me propongo narrar esta historia con entera imparcialidad, y así lo haré.
Esa noche, pues, mi desprecio por la humanidad parecía abolido o, por lo menos, transitoriamente ausente. Entré en el café Marzotto. Supongo que ustedes saben que la gente va allí a oír tangos, pero a oírlos como un creyente en Dios oye La pasión según San Marín.
jueves, 27 de marzo de 2008
Y aquí, fragmentos inconcebibles de un autor de la fascinación (solo fragmentos, para ser jodida)
Una noche o una mañana cualquiera (fragmento), de El hombre ilustrado
" Ya lo ves. No tienes ninguna evidencia mental. Eso busco, una evidencia mental que yo pueda sentir. La evidencia física, las pruebas que tienes que buscar fuera no me interesan. Quiero algo que se pueda llevar en la mente, y tocar, y oler, y sentir. Pero no es posible. Para creer en algo tienes que llevarlo contigo. Y la Tierra y los hombres no te caben en los bolsillos del traje. Yo quisiera hacer eso, llevarme todas las cosas conmigo. Así podría creer que existen. Qué pesado y difícil tener que salir en busca de algo, algo terriblemente físico, para poder probar su existencia. Odio los objetos físicos. Los dejas atrás y ya no puedes creer en ellos. "
Caleidoscopio (fragmento), de El hombre ilustrado
" Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.
Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad... Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.
¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres. "
Remedio para melancólicos (fragmento)
" De pronto, un cielo azul se abrió sobre Londres. La población, sorprendida, se precipitó a la calle, deseosa de ver, hacer, comprar alguna cosa. Los ciegos cantaban, los perros bailoteaban, los payasos cabriolaban, los niños dibujaban rayuelas y se arrojaban pelotas como si fuera un tiempo de carnaval.
En medio de todo este bullicio, tambaleándose, con las caras encendidas, Jamie y el señor Wilkes transportaban a Camillia, que navegaba como una papisa allá arriba, en la cama-berlina, con los ojos cerrados, orando.
-¡Cuidado! –gritó la señora Wilkes-. ¡Ah, está muerta! No. Allí. Bájenla suavemente...
Por fin la cama quedó apoyada contra el frente de la casa, de modo que el río de humanidad que pasaba por allí pudiese ver a Camillia, una muñeca Bartolemy grande y pálida, puesta al sol como un trofeo. "
Fahrenheit 451 (fragmento)
" Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre latia en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbolico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedo rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.
(...)
Se vio en los ojos de ella, suspendido en dos brillantes gotas de agua, oscuro y diminuto, pero con mucho detalle; las líneas alrededor de su boca, todo en su sitio, como si los ojos de la muchacha fuesen dos milagrosos pedacitos de ámbar violeta que pudiesen capturarle y conservarle intacto. El rostro de la joven, vuelto ahora hacia él, era un frágil cristal de leche con una luz suave y constante en su interior. No era la luz histérica de la electricidad, sino... ¿Qué? Sino la agradable, extraña y parpadeante luz de una vela. "
Crónicas marcianas (fragmento)
" Se llamaba Benjamin Driscoll, tenia treinta y un años y quería que Marte creciera verde y alto con arboles y follaje, produciendo aire, mucho aire, que aumentaría en cada temporada. Los arboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los arboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podría ser tantas cosas: color, sombra, fruta, paraíso de los niños, universo aéreo de escalas y columpios, arquitectura de alimento y placer. Todo eso era un árbol. Pero los arboles eran, ante todo, fuente de aire puro y un suave murmullo que adormece a los hombres acostados de noche en lechos de nieve. "
" Ya lo ves. No tienes ninguna evidencia mental. Eso busco, una evidencia mental que yo pueda sentir. La evidencia física, las pruebas que tienes que buscar fuera no me interesan. Quiero algo que se pueda llevar en la mente, y tocar, y oler, y sentir. Pero no es posible. Para creer en algo tienes que llevarlo contigo. Y la Tierra y los hombres no te caben en los bolsillos del traje. Yo quisiera hacer eso, llevarme todas las cosas conmigo. Así podría creer que existen. Qué pesado y difícil tener que salir en busca de algo, algo terriblemente físico, para poder probar su existencia. Odio los objetos físicos. Los dejas atrás y ya no puedes creer en ellos. "
Caleidoscopio (fragmento), de El hombre ilustrado
" Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.
Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad... Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.
¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres. "
Remedio para melancólicos (fragmento)
" De pronto, un cielo azul se abrió sobre Londres. La población, sorprendida, se precipitó a la calle, deseosa de ver, hacer, comprar alguna cosa. Los ciegos cantaban, los perros bailoteaban, los payasos cabriolaban, los niños dibujaban rayuelas y se arrojaban pelotas como si fuera un tiempo de carnaval.
En medio de todo este bullicio, tambaleándose, con las caras encendidas, Jamie y el señor Wilkes transportaban a Camillia, que navegaba como una papisa allá arriba, en la cama-berlina, con los ojos cerrados, orando.
-¡Cuidado! –gritó la señora Wilkes-. ¡Ah, está muerta! No. Allí. Bájenla suavemente...
Por fin la cama quedó apoyada contra el frente de la casa, de modo que el río de humanidad que pasaba por allí pudiese ver a Camillia, una muñeca Bartolemy grande y pálida, puesta al sol como un trofeo. "
Fahrenheit 451 (fragmento)
" Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre latia en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbolico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedo rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.
(...)
Se vio en los ojos de ella, suspendido en dos brillantes gotas de agua, oscuro y diminuto, pero con mucho detalle; las líneas alrededor de su boca, todo en su sitio, como si los ojos de la muchacha fuesen dos milagrosos pedacitos de ámbar violeta que pudiesen capturarle y conservarle intacto. El rostro de la joven, vuelto ahora hacia él, era un frágil cristal de leche con una luz suave y constante en su interior. No era la luz histérica de la electricidad, sino... ¿Qué? Sino la agradable, extraña y parpadeante luz de una vela. "
Crónicas marcianas (fragmento)
" Se llamaba Benjamin Driscoll, tenia treinta y un años y quería que Marte creciera verde y alto con arboles y follaje, produciendo aire, mucho aire, que aumentaría en cada temporada. Los arboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los arboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podría ser tantas cosas: color, sombra, fruta, paraíso de los niños, universo aéreo de escalas y columpios, arquitectura de alimento y placer. Todo eso era un árbol. Pero los arboles eran, ante todo, fuente de aire puro y un suave murmullo que adormece a los hombres acostados de noche en lechos de nieve. "
sábado, 22 de marzo de 2008
Cuentos de la Aguja
De todos los lugares del planeta hay una esquina donde en una ciudad una cuchara esta cerca del fuego en ella la vida esta en gramos. Cuando los más aptos encuentran el camino la liberan de su prision para que ella sirva como reloj de tiempo. Entre cuchcara y cuchara hay una especie de negación. El tiempo es la interrupcion de sus vidas y de sus muertes, cuando se la pasan mirando hacia sus zapatos y no más alla. Las carceles crecen desde sus tripas, porque no hay futuro en ellos. Bendecidos por no tener una vida que perder son de los pocos que han visto el vacío en su forma más profunda sin embrago no cesan en su faena de buscar de la mejor forma cumplir sus objetivos. Pero cuando esto estan cumplidos se ven secos como ramas de la peor forma posible. No tiene un algo de donde sostenerse, no lo tienen. Piensan acaso que lo tienen. Ni idea. Pero entres dos hermanas prostitutas del mundo de este esquina nada queda por decir. Sobre todo la mayor, que estaba metida hasta el cuello.
Porque en algunos casos sinceramente las cosas se han dado de forma que cada cuerpo tenga etiqueta de cadaver. Los que estan ahi mienten porque no tienen nada que perder porque ellos saben que hasta la gente de biene esconde bien su propia mierda debajo de sus alformbras y colchones. Ellos solo son amigos de las agujas y las cucharas es dificil que eso les sea negado porque en el fondo es su deseo y que el deseo sino eso. La maquina que arrea la sangre no se deteiene a menos que se quiera morir, estar vivo es un dasgaste. Toxicos todos, pecados, palabras olvidadas. Porque en una esquina aún hay venas en los pies. Si una rata se queda con el dedo de un fiambre no es acaso justicia por mano propia. Si no lo es no importa porque desde el cielo se ve el infierno pero solo desde el infierno se ve a ambos. Si no hay mal el bien de que se valdría. Pese a que es su oposición sin malvados la muerte habría llegado a la humanidad.
Porque el cerebro se ilumina por demás brilla como una rafaga, y ellos buscan el frío más polar quieren el frío desde dentro en el cual, los nervios duermen. Porque en el fondo que se busca más que la libertad más alla de los cuerpos y de las mentes un lugar que quizás no exista pero que se araña por conocer. Porque todos reímos mucho pero de que no reimos siempre de nuestro reflejo por lo menos eso me dice el metal de mi cuchara. Y mi sangre me dice más. Mi estomago grita ahora, y mis tripas se mueven hacia afuera como el Guernica. Las babas que vuelcan la cabeza a un costado. Un tremendo lugar, pero siempre es un pasillo.
Por lo que tarde o temprano me mire en la cuchara y yo era la cuchara y el lugar etsaba vacío. Yo no existía. O por lo menos no podía decir primero siento luego existo.
Porque en algunos casos sinceramente las cosas se han dado de forma que cada cuerpo tenga etiqueta de cadaver. Los que estan ahi mienten porque no tienen nada que perder porque ellos saben que hasta la gente de biene esconde bien su propia mierda debajo de sus alformbras y colchones. Ellos solo son amigos de las agujas y las cucharas es dificil que eso les sea negado porque en el fondo es su deseo y que el deseo sino eso. La maquina que arrea la sangre no se deteiene a menos que se quiera morir, estar vivo es un dasgaste. Toxicos todos, pecados, palabras olvidadas. Porque en una esquina aún hay venas en los pies. Si una rata se queda con el dedo de un fiambre no es acaso justicia por mano propia. Si no lo es no importa porque desde el cielo se ve el infierno pero solo desde el infierno se ve a ambos. Si no hay mal el bien de que se valdría. Pese a que es su oposición sin malvados la muerte habría llegado a la humanidad.
Porque el cerebro se ilumina por demás brilla como una rafaga, y ellos buscan el frío más polar quieren el frío desde dentro en el cual, los nervios duermen. Porque en el fondo que se busca más que la libertad más alla de los cuerpos y de las mentes un lugar que quizás no exista pero que se araña por conocer. Porque todos reímos mucho pero de que no reimos siempre de nuestro reflejo por lo menos eso me dice el metal de mi cuchara. Y mi sangre me dice más. Mi estomago grita ahora, y mis tripas se mueven hacia afuera como el Guernica. Las babas que vuelcan la cabeza a un costado. Un tremendo lugar, pero siempre es un pasillo.
Por lo que tarde o temprano me mire en la cuchara y yo era la cuchara y el lugar etsaba vacío. Yo no existía. O por lo menos no podía decir primero siento luego existo.
viernes, 21 de marzo de 2008
El Evangelio de San Arnaldo
( No es una parodia a la religion quizás si es un juego sobre como esta escrita o como se expresa pero no es un paralelismo por lo que no hace referencia a ninguna de las religiones existentes, lo único que podría mal entender es evangelio, pero "evangelio" significa Buena Noticia por lo que esta noticia es buena pese a que sea ficticia)
1- Llegada al Desierto:
1-Las tribus que se pensaban como rebaños estaban atrás de las altas montañas. Luego de cincuenta años de idas y venidas todo había finalizado. Seguir las estrellas para encontrar el lugar indicado había sido tarea dificil y solo un hombre podía hacerlo. Todos miraban al este para pensar que donde nacía el sol se hallaba la prosperidad de grandes extensiones de cereales. Muchos se lamentaban por su peregrinar. Pero no era en vano estaba señalado desde hace siglos que llegarían no eran ellos los que pensaban en su futuro sino algo más grande. 2- Cuando la gente no respetaba las costumbres desastres acontencían por que la ira del Mas Grande se cernía sobre ellos. Porque ellos tenían que aprender, que el esfuerzo vale la pena. Cuando el Agua escaseo, el Mas Grande se las trajo. 4- Siempre pudieron comer, ellos eran los elegidos de la tierra. No tenían nombre no se parecían entre ellos. No tenían historia común ni lengua común pero un día soñaron todos lo mismo. 5- Dicen que el sueño fue el siguiente: " Los que estaban en medio de las altas montañas estaban de blanco. Todos ellos felices, muy felices se veían mirados por todos los pueblos de la tierra. Cuando estaban solo por medio de ellos allí. Todas las lenguas se entendían los conflictos terminaban. 6- Las armas de otros tiempos eran apiladas, cunato a que ellas eran inutiles. El Más Grande los cuidaba desde un lugar lejano pero era cercano. Porque ellos habían sido llamados desde siempre por el hecho de ser sus hijos. 7- He aquí que sin embargo el Mas Grande les decía que han de renunciar a sus realidades cotidianas para poder alcanzarlo. Porque necesitaban que dejaran a sus pueblos a sus lenguas y a sus cosas, para poder ver detrás del cielo. Muchos trataban de obviar la llamada pero esta siempre era más fuerte que ellos. 8- Se veía entonces una gran columna que se dirigía hacia la luz. Ahí la muerte ya no podría alcanzarlos, porque de ella aparecían los males pero ella no era los males. Cuando se pasaba a la muerte cuando se la veía de cerca se la entendía, pero ya a sus espaldas todo era distinto. se veía en el desierto caídos a muchos que habían llegado antes buscando eso que nadie podía encontrar a menos que Él quisiera ser hallado. Por eso cáidos todo sobre la arena que los iba cubriendo estaban todos los muertos felices pero ellos no habían siquiera visto lo que los otro verían solo el reflejo los había encandilado para siempre". 9- Los hombres de las cuators esquinas buscaron a otros que se encontraran en su búsqueda pero no los hallaban. Todos sin embrago se dirigían a las montañas. 10- En la tierra no había hombre que no supiera lo que ocurría muchos hijos dejaban a sus madres y muchos pades dejaban a sus hijos porque de ellos era otro destino que nada tenía que ver con lo que pensaban. Todos lo hombres que lo habáin visto lo comparaban para que los otros, los hombres que ni siquiera lo sospechaban tuvieran noticias de él. Algunos lo compraban con el Toro por su potencia, otros con el Aguila, algunos mas lejanos lo compraban con el Jaguar. Pero todos hablaban de el y lo buscaban en el río, en el cielo y en el sol. Algunos decían que los ecos del mas grande estaban en todas partes pero él era uno. 10- Ese que ustedes piensan que no tiene forma, todas las formas excede, porque que si forma fuera estaría encerrado en ella. Vean lo que otros han imaginado. Porque el alfarero es una simple herramienta.
2- Las Altas Montañas:
1-Todos lo que fueron llamdos estaban activos, todos se olvidaron del trigo y del metal. Se olvidaron del hambre y la sed estando en circulo. 2- No buscaban fuera de ellos sino dentro, porque nada de lo que se les había dado estaba en la voluntad de ellos, solo podría ver lo que era el todo cuando ellos se vieran a sí mismos. 2- Uno de los maestros djo- El diamante, no piensen en la piedra que es en cuanto perfecta nos parece sino en el milagro de lo bello que esta en su luz. Ustedes ven el mundo como el diamante, cada uno desde una cara. esforzaos por ver todo el diamante. 3- Cuando veais el diamante esforzaos por ver la luz, que esta dentro del diamante. No busques entender la luz dentro del diamante porque esa luz no proviene de él. 4- Entinces verán que algunos se empeñan en dasafiar la vida, y buscar la luz en otras partes, algunos la niegan. Porque ellos quieren tener cosas que no pueden y al no poder tenerlas las niegan. Los negadores se perderán en el diamante por que ellos se ponen antes que él. 5- Muchos entendieron y algunos desearon entenrder y no pudieron. Otros al entender cerraron sus mentes y se fueron pensando que el maestro como los otros que lo había precedido les había mentido.
1- Llegada al Desierto:
1-Las tribus que se pensaban como rebaños estaban atrás de las altas montañas. Luego de cincuenta años de idas y venidas todo había finalizado. Seguir las estrellas para encontrar el lugar indicado había sido tarea dificil y solo un hombre podía hacerlo. Todos miraban al este para pensar que donde nacía el sol se hallaba la prosperidad de grandes extensiones de cereales. Muchos se lamentaban por su peregrinar. Pero no era en vano estaba señalado desde hace siglos que llegarían no eran ellos los que pensaban en su futuro sino algo más grande. 2- Cuando la gente no respetaba las costumbres desastres acontencían por que la ira del Mas Grande se cernía sobre ellos. Porque ellos tenían que aprender, que el esfuerzo vale la pena. Cuando el Agua escaseo, el Mas Grande se las trajo. 4- Siempre pudieron comer, ellos eran los elegidos de la tierra. No tenían nombre no se parecían entre ellos. No tenían historia común ni lengua común pero un día soñaron todos lo mismo. 5- Dicen que el sueño fue el siguiente: " Los que estaban en medio de las altas montañas estaban de blanco. Todos ellos felices, muy felices se veían mirados por todos los pueblos de la tierra. Cuando estaban solo por medio de ellos allí. Todas las lenguas se entendían los conflictos terminaban. 6- Las armas de otros tiempos eran apiladas, cunato a que ellas eran inutiles. El Más Grande los cuidaba desde un lugar lejano pero era cercano. Porque ellos habían sido llamados desde siempre por el hecho de ser sus hijos. 7- He aquí que sin embargo el Mas Grande les decía que han de renunciar a sus realidades cotidianas para poder alcanzarlo. Porque necesitaban que dejaran a sus pueblos a sus lenguas y a sus cosas, para poder ver detrás del cielo. Muchos trataban de obviar la llamada pero esta siempre era más fuerte que ellos. 8- Se veía entonces una gran columna que se dirigía hacia la luz. Ahí la muerte ya no podría alcanzarlos, porque de ella aparecían los males pero ella no era los males. Cuando se pasaba a la muerte cuando se la veía de cerca se la entendía, pero ya a sus espaldas todo era distinto. se veía en el desierto caídos a muchos que habían llegado antes buscando eso que nadie podía encontrar a menos que Él quisiera ser hallado. Por eso cáidos todo sobre la arena que los iba cubriendo estaban todos los muertos felices pero ellos no habían siquiera visto lo que los otro verían solo el reflejo los había encandilado para siempre". 9- Los hombres de las cuators esquinas buscaron a otros que se encontraran en su búsqueda pero no los hallaban. Todos sin embrago se dirigían a las montañas. 10- En la tierra no había hombre que no supiera lo que ocurría muchos hijos dejaban a sus madres y muchos pades dejaban a sus hijos porque de ellos era otro destino que nada tenía que ver con lo que pensaban. Todos lo hombres que lo habáin visto lo comparaban para que los otros, los hombres que ni siquiera lo sospechaban tuvieran noticias de él. Algunos lo compraban con el Toro por su potencia, otros con el Aguila, algunos mas lejanos lo compraban con el Jaguar. Pero todos hablaban de el y lo buscaban en el río, en el cielo y en el sol. Algunos decían que los ecos del mas grande estaban en todas partes pero él era uno. 10- Ese que ustedes piensan que no tiene forma, todas las formas excede, porque que si forma fuera estaría encerrado en ella. Vean lo que otros han imaginado. Porque el alfarero es una simple herramienta.
2- Las Altas Montañas:
1-Todos lo que fueron llamdos estaban activos, todos se olvidaron del trigo y del metal. Se olvidaron del hambre y la sed estando en circulo. 2- No buscaban fuera de ellos sino dentro, porque nada de lo que se les había dado estaba en la voluntad de ellos, solo podría ver lo que era el todo cuando ellos se vieran a sí mismos. 2- Uno de los maestros djo- El diamante, no piensen en la piedra que es en cuanto perfecta nos parece sino en el milagro de lo bello que esta en su luz. Ustedes ven el mundo como el diamante, cada uno desde una cara. esforzaos por ver todo el diamante. 3- Cuando veais el diamante esforzaos por ver la luz, que esta dentro del diamante. No busques entender la luz dentro del diamante porque esa luz no proviene de él. 4- Entinces verán que algunos se empeñan en dasafiar la vida, y buscar la luz en otras partes, algunos la niegan. Porque ellos quieren tener cosas que no pueden y al no poder tenerlas las niegan. Los negadores se perderán en el diamante por que ellos se ponen antes que él. 5- Muchos entendieron y algunos desearon entenrder y no pudieron. Otros al entender cerraron sus mentes y se fueron pensando que el maestro como los otros que lo había precedido les había mentido.
Omega
Omega:
La vista es emocionante, nada dentro de lo posible habría de salir mal. Esa confianza era cosa extraña hace algunos años atrás pero todo ya estaba superado. Por eso se había fundado Omega. El emplazamiento una llanura rural. La base de toda la economía de Omega el cultivo de trigo. Sus habitantes no eran muchos, pero el precio de los granos les permitía vivir de una forma cómoda y apacible. El paraíso de la agricultura. Tantos habitantes satisfechos eran muestra del progreso de la zona. Tradicionales dentro de lo que tradición se puede entender en este tiempo. Vivían de una lenta forma que para la mayoría de las personas de las ciudades parecería de lo más aburrido del mundo. Pese a todo este lugar era bastante hermético para con los extraños. Había un hotel al costado de la ruta sin ser este muy grande. Tenía comodidades, casi superiores al promedio, lo que fue hecho para que los curiosos no se metieran en el centro del pueblo. Si, Omega era visto por sus habitantes como el “Pueblo”. Nadie estaba invitado a saber mucho de él, ni siquiera las familias de los habitantes que no se encontraban allí.
Las fotos del pueblo eran una forma típica en que viajara la información. Tenían su propio diario, y su propio diario. El cual, debía ser tirado estrictamente cuando se abandonaba el pueblo. Cosa que había que había decidido, el consejo de vecinos muchos años antes. Cualquiera que los viera de afuera pensaría que eran una manada de paranoicos con ideas creativas. Profundamente religiosos o eso parecía, poseían una iglesia enorme, tanto que se veía desde lejos. Ya que el pueblo estaba metido bastante adentro en el campo alejado de la ruta principal. Pero la “Pequeña Iglesia”, como le decían era enorme para la gente a la que asistía. Pero por la persecuciones de sus propios habitantes casi nunca celebraban misa, porque no aceptaban que viniera un clérigo de un lugar más lejano, una vez por semana para hacer los oficios religiosos era inaceptable. Pero pese a todo ellos se habían organizado hacían oraciones comunitarias los domingos con suma rigurosidad. Lo curioso es que este pueblo hermético, crecía para sí. Hablaban de todo lo demás como los “otros”, los “otros” eran lo más peligroso. Nadie quería volver a vivir en las épocas del terror. Omega no era un caso tan aislado como parecía muchos pueblos en el interior tenían esta forma. La gente estaba harta de la guerra contra el “terror”. Muchas de esas cosas fueron olvidadas gracias a la fuerza de voluntad. Las casas de aquel lugar, eran blancas. Sus tejas eran negras y el contraste era muy monótono. La iglesia era mucho más estilizada. De color gris por la piedra, de apariencia casi gótica, las tejas de este noble edificio eran azul marino. Las agujas eran de color plata y siempre destacaban en el soleado cielo de aquel paraje. Los habitantes tenían aficiones varias, practicaban deportes hablaban del mundo exterior. Jugaban mucho al ajedrez, algunos de ellos viajaban. Solo que existía un acuerdo tácito de tratar de evadir el tema de la procedencia de todo lo que conocían. Solían cocinar mucho, porque el pueblo era muy unido cualquiera que llegará de otro país pensaría que el pueblo tiene siglos de antigüedad y que las tradiciones son esas. Sin embrago incurriría en el error. Todo allí era muy reciente como mucho se podría decir que tenía cincuenta años aquel lugar. Como decía, las gentes de ese lugar eran todas muy extrañas. Yo nunca fui al pueblo solo tengo algunas cosas que me han llegado de un pariente lejano mío que me ha mandado, pero tampoco son muy extensas. Pasado un tiempo el no pudo entender la naturaleza del pueblo y se fue. El trabajo de sus habitantes había sido un éxito. Pero todo era tan extraño por allí que siempre había gente que se quería meter. Los curiosos de todo el país morían por lo menos por pasar por el hotel al costado de la ruta. Podían luego decir: “Yo estuve en Omega, no es lo que parece, blah, blah, blah”. Eso los había puesto en un libro y todo. Yo compre el libro se llama: “Los lugares más extraños”, es una verdadera bazofia. Lo peor es que es bastante inexacto. Pero pese a todo es uno de los pocos lugares donde se tienen tantas fotos sobre el pueblo. Porque sé de buena fuente que pueblos como Alfa, son mucho más amistosos. Enclavados cerca de las montañas, se dedican al cultivo de árboles frutales. Mucha gente de las ciudades, pasa sus vacaciones junto a las montañas, y conocen el lugar. Esa gente es mucho más amistosa.
La gente de Omega, no le importa mucho el mundo que nosotros habitamos. Las tecnologías no los deslumbran. Mantienen un cerco tecnológico alrededor de ellos. No les interesa demasiado lo que pueda ocurrir más allá, menos claro, el precio del trigo. Ya que están muy al tanto de los asuntos agrícolas, quizá más de lo que podría suponer un hombre cualquiera. El tren pasa a una distancia considerable del pueblo así que por tren se puede ver también. Pero desde muy lejos solo se ven las agujas de color plata de la iglesia. Pese a todo eso, cuando alguna de las persona llega al pueblo con toda la serie de disuasiones que se imponen. Los habitantes se muestran muy indiferentes con él. Ellos se basan en la independencia y en el trabajo no gustan de perder el tiempo entre las ocho de la mañana y las ocho de la noche. Pese a que en los campos de alrededor empiezan antes a trabajar. Las bodas siempre son un problema en Omega. Muchas veces la familia de los enamorados prefiere viajar a otro pueblo donde se casan para luego volver. Toda la fiesta y las cosas accesorias se hacen en el pueblo muchas veces en la plaza central. Esta es cuadrada y esta cubierta por álamos. Allí una serie de mesas se instalan y la fiesta se prolonga hasta altas horas de la noche. Solo tres personas extranjeras se han casado con locales. Uno de los hombres que trabaja en el banco. Otro que es un granjero prospero, que se especializa en la cría de cerdos y una mujer bastante joven. Ella llegó del brazo de uno de los chicos más aventureros del pueblo. “Chicos”, en este pueblo los viejos son muy importantes, gente que no tiene más de cuarenta les dicen “chicos”. Esta es la única pareja que se casó, muy lejos de allí. En una ciudad, era uno de los personajes más polémicos del pueblo. Pero la polémica era cosa extraña.
Las amas de casa hacían extrañas competencias culinarias, entre ellas, la de cocción de tortas, pasteles, budines. La mayoría participaba y pasaban gran parte de los domingos realizando estas actividades. La más apta para llevarse todas las condecoraciones era Valeria Ramos. Una mujer de menos de veinticinco años. Si, ya se muy joven. Yo pensé lo mismo. Era hija de Pedro Ramos, especialista en madera y elementos de la construcción. Hombre de “Fe”, porque aquí la fe es importante. Se caso con Hilario Glogmann, si eran nombres raros los que usaban algunos pero la mayoría no se sorprendía por eso. Algunos no salieron nunca de ese pueblo por lo que lo tomaban mucho más normal. La señora Glogmann, era una cocinera dedicada. Se podría denominar una maniaca de la cocina. Pero en este pueblo, todas esas palabras de consultorio, no se usaban. Odiaban a los psicólogos y psiquiatras de toda especie. Era una de las pocas cosas que no se hallaba en las casas. La mujer, era una gran cocinera que hacía muchas tortas como selvas negras. Las cuales le hacían ganar las veces que participará las competencias. Las otras mujeres la odiaban y la admiraban pero sabían que pasaría si se peleaban con ella. Era una persona que perdonaba difícilmente. Su palabra era ley en el pueblo, en cuanto a lo que cocina se trataba. No se hacían tampoco muchas innovaciones en ese campo. Una de las mejores amigas de la señora Glogmann era Gilda Van Houten. La “pequeña Gilda”, era una mujer bastante gorda que lo más ancho que tenía eran sus brazos. Una cocinera excelente pero con menos imaginación que su amiga. Pero ella era una trabajadora pesada, porque tenía seis hijos y un marido de buen comer. Ella hacía a mano la pasta, pese a que no tenia de cómo hacerla cuando conoció a su marido lo aprendió de forma marcial por su suegra. Gilda era como dije alguien que gustaba de la comida. La mayoría de las amas de casa de por allí solían dedicarse a esto de forma casi profesional. Los maridos que tenían solían pavonearse y decir que poseían la mejor cocinera del “pueblo”. Pero ningún hombre cocinaba si le dejaban optar por una salida fácil. Solo uno de los profesores de la escuela era soltero ese si se cocinaba pero ese hombre era extraño cocinaba cosas orientales, como Sushi. Era una de las personas que recibía más correspondencia, revistas, y cosas en general. El tipo de los correos, solo conocía a este hombre un poco porque el resto del pueblo claramente lo evitaba. Eso hacía que ese profesor fuera bastante peligroso para los habitantes. Dudaban de su amor por Omega. Quizás él estaba allí por algo más. El mejor de los mitómanos de Omega, el señor Eugenio Carlotto. Este era el esposo de Gilda. El inventaba que ese hombre seguramente conspiraba siempre había muchos motivos por los cuales la gente quería arruinar el estilo de vida del pueblo. Se decían muchas cosas, eran gente cerrada. Eugenio siempre tenía algo nuevo para agregar. Él tenía en su casa en el fondo una especie de bar. Donde todos los días de la semana si estaba de humor la gente se reunía fumaban bastante y tomaban bastante pero eran gente tranquila. Como anfitrión se reservaba el derecho de dar a todos cátedra de los asuntos del pueblo. Omega, como ven era un universo dentro del universo. Los hombres que iban, siempre estaban siendo regañados por sus mujeres. “Eugenio, esto, o aquello”, para muchas de las mujeres de por allí Eugenio no era un tipo serio. Es que tenía esos toques raros de generosidad extraña. Gilda llevaba creaciones de moda extrañas que Eugenio eligió alguna de las veces que se fue del pueblo. Porque Eugenio traía cervezas importadas, de muchas partes distintas como también cigarros. Compraba muchas cosas, pero llevaba tatuado el titulo de “mejor amante de Omega”, y no justamente por lo que imaginan sino por las cosas extrañas. Como las pinturas que encargo al profesor de arte de la escuela sobre el pueblo que exhibía en su casa. Lo cual era redundante.
Pero Omega era una comunidad, una comunidad anacrónica a su tiempo. Pero ese fue el plan de los fundadores de los asentamientos rurales. Las ciudades híper tecnificadas, proponían un estilo de vida totalmente diferentes. Ni hablar de la ciudad capital allí todo era posible. Pero en ese lugar todo era corrupción. Muchos de los orgullosos padres de Omega, decían ser de los mejores padres del mundo por el hecho de vivir aquí. “La gente crece como debe aquí. Nada de esas ideas, del no futuro y estupideces como esas”-remataba los comentarios. De hecho la escuela del pueblo estaba aún más lejos de todo que el pueblo estaba metido en medio del campo. Un reloj enorme en lo más alto de la escuela, era la fachada que daba hacia el pueblo. En la escuela se había gastado gran parte del presupuesto del pueblo. Por esto era una construcción importante.
La escuela y la primaria estaban juntas unidas por medio de un patio bastante grande donde transcurría la vida social de los alumnos. Pero todo era un mundo cerrado, y como en los mundo cerrados había costumbres. Pero eso no es tema específico del pueblo. El pueblo no tenía estudios superiores en cosas que no estuvieran relacionadas en la agricultura o ganadería. Por lo que a lo largo del tiempo hubo jóvenes que han emigrado de él, buscando vidas mejores o por lo menos más emocionantes. Pero pocos de ellos han vuelto al pueblo. No obstante los sucesos que ocurrieron en Omega fueron muy distintos de los que ocurrieron en Alfa o en Gamma. Porque Omega tenía planes de separarse de todo lo demás de llegar a ser completamente autónomos a casi cualquier precio. En medio de la globalización irrefrenable, Omega resistía contra viento y marea cualquier intento de unirla con el resto del mundo. Era un caso muy extraño, algunos periodista de muy diversos lugares siguieron el proceso. El gobierno se mostraba intranquilo con este feudo, que se quería aislar de la estructura central del poder. Pero la decisión esta tomada, el pueblo buscaba separarse de todo. Nadie sabría el resultado preciso de tales acciones. Un muro se construyo en parte de la ciudad, un gran circulo en la parte oriental del pueblo allí quedaba otro pueblo dentro del pueblo. Este arreglo muy extraño se llego a cabo con el gobierno por el hecho de que el gobierno impedía esa clase de construcciones. Todos los habitantes finalmente estaban felices porque se habían salido con la suya. Una parte del mundo era de ellos pese a todo. Todavía no sabían que iban a hacer dentro de esos muros. No eran tan amplios como ellos querían pero podrían construir bajo tierra. Eugenio hablo de muchas cosas extrañas y los otros pobladores estuvieron de acuerdo en parte. Los niños de la ciudad no entendían mucho sobre la construcción del muro. Pero con el tiempo se lleno de pintadas diversas, en esa única pared de cemento en la extensión de trigo. Tuvo una consecuencia inesperada, la gente se entusiasmaba más con el lugar porque todo esto lo hacía de lo más excéntrico posible. La imaginación popular se dejó llevar. Desde conspiración ovni hasta ideas más descabelladas. Yo y uno de mis grandes amigos éramos de los interesados. Solo que este amigo no había sido por el pueblo antes. De mi tuvieron ligeras noticias, por todo el asunto de las fotografías de los libros y de la crónica de mi pariente que me debe haber descripto. Hicimos un mapa detallado del pueblo, todo lo que habían hecho estaba ahí. Sin embrago Omega fue uno de esos proyectos extraños que hizo nuestro país, lo más extraño era que funcionaba. Todas las colonias agrícolas funcionaban y daban muchos beneficios. El país era extraño ahora que lo pienso. Pero no era cuestión de lo que había ocurrido con el país solo quería saber del pueblo. Juntamos algún dinero para mandarnos al pueblo pero para estar realmente en el pueblo se necesitaba una casa y quien nos daría una casa. Ninguno de los habitantes nos tendría de huéspedes, porque era como expulsarse del pueblo. Esperamos un tiempo hasta que llego una oportunidad, nosotros nos encontramos con un tal viejo Mac Callister, este viejo vivía solo y tenía dos sobrinos. Los cuales hace por lo menos veinte años que no veía. Por lo que tomamos el lugar de esos sobrinos. El viejo estaba feliz, estaba harto de la gente del pueblo. Todo esto era porque él había sido marinero, no tenía nada de rural. Pero su casa, por fortuna termino en medio de ese campo lo cual era frustrante. Pero conservaba todo lo que le recordara al mar. Incluso tenía una gran red colgada de la pared de su casa. Pinturas de barcos, colección de bebidas alcohólicas, y un traje azul marino de tiempos de mar. Todo esto nos muestra que sería más accesible que los otros habitantes. Tomamos mi auto, y nos dirigimos por la ruta hasta Omega, un lugar para poca gente. Nosotros íbamos a rascar la superficie, sí era un chisme muy elaborado pero servía para llenar libros y guías de viaje de gente muy excéntrica, bastante harta de lo común como nosotros. Pusimos la radio, música punk sonaba de fondo, me tomaba unas vacaciones con mi amigo. Nosotros íbamos a llevar muchas cosas a ese pueblo, quizás nos echarían.
Pasaron dos días hasta que llegamos hasta la casa la más descuidada de todas y la más alejada el pueblo. Miramos y pensamos que era el lugar ideal. Tocamos la puerta, el viejo llegó nos vio y se puso muy feliz. Éramos su única familia, por lo que no había mucha complicación. Entramos la madera vieja hacía un ruido muy cómico. Los muebles eran todavía más viejos, la comida estaba apilada en otra de las paredes de la casa. Muchas conservas de pescados. Unos cuartos viejos, tres uno para cada uno. El piso de arriba hacia mucho más ruido, todos los cuadros estaban torcidos. Era una especie de barco viejo blanco de tejas negras. Mi amigo, Román dijo- podríamos hacerlo como un barco. El viejo estaba muy emocionado, tanto que nos obsequio uno de sus más preciados whiskeys. Por lo que dejamos nuestras cosas, y nos fuimos de nuevo del pueblo a comprar esas cosas que lo convertirían en barco. Al tiempo trajimos muchas cosas de unos veleros viejos, montando el barco-casa. Lo cual nos llevó tres semanas, nuestra llegada corrió rápido por el pueblo. Todos pensaban que el viejo se iba a morir solo. Gilda fue la primera en llegar porque fue la orden de Eugenio la que le dijo que hicieran migas con los nuevos. La mujer llegó cuando pintábamos la casa de todos los colores. Nadie más se había acercado, pero cuando ella llegó ya tenía noticias para un año. Llevaba una torta de chocolate, la cual aceptamos de buena manera. Mi amigo le parecía muy gracioso el nombre de Gilda. Cosa que se lo dijo, la regordeta mujer entro y vio los tachos de pintura la operación encubierta ya no lo era. El viejo marino se había subido al techo. Yo dije- “Tío, un mar amarillo. Una vela vamos a poner sobre la casa, para que sea igual que el velero del cuadro”. Gilda miraba con mucha expectativa, la mujer gorda tenía mucha imaginación y le encantaba leer a Lewis Carol por lo que la casa braco le parecía magnifica. Solo que nunca se atrevería a decirlo. Tomamos la torta, pero ella se fue muy rápido. Las “noticias” se esparcieron pero nadie se acercó a la casa, la misma palabra designaba algo peculiar, con Eugenio se hablaba de la “casa”. Éramos lo peor que le había pasado a Omega. Por eso éramos odiados y amados a la vez, las amas de casa de vida recluida pensaban en ese barco que estaba en la tierra. Gilda fue victima de visitas, de concurrencias de las más variadas, todas las mujeres querían novedades. Miles de preguntas llegaban a la casa. Eugenio en el fondo argumentaba que había que echarlos pero estaban en un lugar legítimo. Por después de todo la casa del viejo no era nueva, sino que era tan vieja como las de ellos. Por lo que todo intento de sacarnos sería un poco inútil. Pero tampoco se quedaron con los brazos cruzados, ya que Gilda era la primera mujer del pueblo que hablo con los “marcianos”, los habitantes de la “casa”, si era una psicología estúpida de pueblo paranoico. La mandaron de nuevo, la gorda más simpática de toda la localidad se venía para nuestro hogar. Pero esta vez llevaba un lemon pie. Mi amigo y yo nos enteramos de esto y para no dejarla con las manos vacías, sacamos la mesa afuera y pusimos todo para recibirla. Ya que el barco estaba terminado y una especie de balcón-mirador era el lugar que el viejo usaba para pasar el rato. Mac Callister, estaba feliz con nosotros éramos como sus nietos, pese a ser sus sobrinos por lo que pudimos sacar la mesa sin mayor problema, es más nos aviso con un grito: “Ahí viene la gorda”. Efectivamente la gorda, la pobre Gilda, llegaba a pie con su torta como la vez anterior pero estaba fatigada. Nosotros nos adelantamos a su llegada, en Omega la hospitalidad estaba cambiando de perfil. Como la afición de la señora al Mundo de Alicia en el país de las Maravillas se hacía realidad.
Porque forzamos a los cambios de perspectivas, siempre desafiado alguna estupidez de este pueblo que pese a tener cosas patéticas era fascinante en cuanto a su rigidez casi cadavérica. La gorda llegó, al fin y vio la mesa. Ambos estábamos vestidos de un color verde irlanda. Éramos unos seres muy extraños a la vista de este pueblo.
Al fin, cuando vio todo afuera. Paro el recorrido de la señora que se desplomó sobre la silla, era un día ventoso. El mantel incluso quería liberarse de la opresión en ese día. Pero no importaba, todo era como tenía que ser. La “casa” era ahora lo más extraño del pueblo en toda su historia, ya que era un barco. La mesa quedó afuera toda la noche con los restos de la torta, que se comieron algunos de los animales de la zona. No contaré el dialogo de Gilda porque era muy vacío o para mí no me trajo algún significado. Tuvo una pelea esporádica con el viejo marino. Los dos se decían muchas cosas hirientes pero no se lograban derivar. Al final le dimos por obsequio un prendedor de Irlanda con un trébol verde, yo tenía una colección de más de cien. Cosa que fue a parar a boca de medio pueblo. Un día a pie, en el pueblo hermético cruzamos con nuestros trajes verdes brillantes, pero ellos estaban todos en sus Bunkers sin querer enterarse de nada. Pero algunos miraban por detrás de las cortinas. Por no decir casi todos, porque su plan era que sintiéramos el aislamiento. Mi amigo fue a tocar la puerta de una de las casas pero nadie atendía pese a tener la luz prendida. La muestra de descortesía fue unánime, pero había una tienda de comestibles detrás de la plaza. Este hombre no cerraría su negocio por nuestra causa porque en el fondo le importaba más el dinero que la opinión del pueblo. Se refería a los habitantes de Omega como los “ingratos”, esa gente era indeseable como clientes con sus caprichos. Quienes éramos nosotros más que los reactivadotes de la economía de su negocio al hacer una compra extraordinaria a las tres de la tarde. El lugar desierto, el hombre que atendía que es el dueño justamente entretenido con la revista que leía no notó nuestra presencia. Compramos muchas cosas, entre ellas, muchas frituras y pre pizzas. El hombre cuando nos atendió pregunto de donde éramos, nosotros le dijimos que vivíamos con Mac Callister. Sorprendido, dijo: “Por suerte compran algo que no sean conservas”. Llenó las bolsas, con detenimiento, nos ofreció llevar gaseosas por excelente precio. Cosa que terminamos aceptando. Así nos fuimos del negocio, y hicimos para atrás todo el recorrido hasta el barco. La excursión de los “hombres de verde”, cayó muy mal. Una de las amigas de Valeria de la cual no conozco el nombre todavía, dijo- “Esos degenerados que se pasean por ahí, para mí son drogadictos o algo así. Personas normales no se visten así, no saben nada. Nuestros hijos no pueden ir ya a la plaza por riesgo de cruzarse con esos”
Pero esta gente era paranoica, tanto que Eugenio cuando vio que Gilda traía el prendedor, quiso analizarlo. Pero porque obviamente no tenía idea de cómo funcionaban los micrófonos y esas cosas, ni tampoco llegaba a tener noción de cómo se escondían llamo a uno de los agricultores que sabía de relojería. Un hombre de casi ochenta años con una colección de más de trescientos relojes, entre ellos de: pared, cadena, de mano. Digitales y de agujas. Pero el hombre concluyó de forma muy técnica que era un simple prendedor irlandés. El pánico de Eugenio quizás fue mayor, que pasaba si le había agrado afecto a su mujer. Un día podían llegar hasta su casa. Eso le ponía en una situación complicada. Pero él era gran embajador de Omega, si un chino llegaba y no entendía nada, él podría si tenía ganas de explicarle de todo lo que se le ocurriese. Como la historia del alumbrado público de la ciudad.
Gilda, no se contentó con las visitas previas estaba cocinando de nuevo. Eugenio empezó a sospechar lo peor de su mujer. Pero al final no pasó nada. El bar, estación comunitaria de Eugenio tenía tema. Los complotados más de quince todo un record de audiencia, porque muchos de los granjeros consideraban que era un idiota diplomado. Pero pocos se animaban a decírselo. Toda una cuestión que se puso a detallar. Advirtió del hecho de que no había que enviar más personas para la “casa”. Todos acordaron que era lo correcto.
Pero lo correcto es difícil en ese pueblo que era insensible hasta nuestra llegada, ahora eran ellos y “nosotros”, justamente nosotros éramos su problema. Poníamos en tela de juicio su forma de vivir tan bien pulida. Éramos el otro pueblo que estaba en Omega. Para acentuar el efecto no tardamos en poner muchos carteles, que decían cosas como: Pequeña Irlanda, China, Suiza, Hamburgo, Roma, Tokio horizontal. Todos esos carteles eran como una plantación de información contradictoria que pululaba en el lugar. Hicimos una bandera bastante grande pero faltaba el mástil, la vanidad de nuestro falso tío pronto se acrecentó por lo que dio rienda libre a toda esa clase de construcciones en su propiedad. Pero eso no fue lo peor, con todo, la gente se ponía como loca. Pero algunos les urgía la curiosidad entre ellos, la menos esperada, sí era Valeria Ramos. Ella estaba encantada con la llegada de nosotros. Pero debía disimularlo de forma más conveniente mediante un manto de fría indiferencia. No obstante, pese a todo. Teníamos que aumentar las apuestas. Celebramos una fiesta, en medio de la planicie triguera, comenzaron a llegar muchas gentes extrañas, las cuales no sabían que no era una fiesta de disfraces convencional. Se disfrazaban para ser objeto de la neurosis del pueblo.
Todos los que asistieron eran gente de la más común pese a ser de la ciudad, médicos, abogados, ingenieros, profesores. Mucha gente variada llegó en ese momento, pero lo interesante fue otro hecho. Mientras Gilda se quedaba en su casa cocinando, esa corrompida por los extranjeros que lucía su prendedor irlandés. Otra de las mujeres, la más ilustre, la más sacrosanta llegaba a la perdición. O sea a una fiesta de disfraces. Vestido y antifaz del mismo color. Entró a la casa que estaba atestada de personas de todas las formas y colores. Se sentó en una de las sillas, pero debía huir de la mirada del viejo Mac Callister. Porque era el único que podría llegar a reconocerla, y con eso sería su fin. O por lo menos su fin en el pueblo porque tendría que dejarlo todo, Omega no la volvería a recibir. Pero afortunadamente, no paso el viejo subió al rato. Con otros hombres de su edad, incluido un ingeniero naval que le dijo que podrían hacer más barco todavía la casa. Todo eso era un tema que los hacía pensar en muchas otras cosas. Porque algunos de esos personajes que llegaron ese día estaban encantados con la idea de hacer sus casas extrañas por allí. Durante un par de horas se las pasaron diseñando pero al rato se quedaron dormidos. Ambos anfitriones, o sea nosotros le dimos la bienvenida a la mujer de antifaz. Por suerte el marido que se llamaba Hilario como temo recordar, se quedaba dormido como un tronco. Ambos vestíamos como hombres del siglo XVII, con todo lo que implicaba eso. Le haríamos entrega de dos cosas en nombre de cada uno, yo le regale una taza hecha por mí de mi colección de tasas. Es que soy un acumulador compulsivo de cosas. Para contrarrestarlo solo puedo regalar cosas. Mi amigo que siempre era mucho más pícaro que yo, le dio un tomo de Juliette de Marques de Sade. Ella no tenía idea de lo que se llevaría a su casa. Pero eso no era asunto nuestro. Todos, estábamos bastante tomados, lo que si se sabe es que estaba deslumbrada de salir de los horizontes del pueblo. Pero vio el sol que se aparecía por el horizonte. Lo cual significa que tenía que abandonar, todo eso para volver a su hogar a la madrugada. Pero como entrar a la casa, era todo un problema. Nos dimos cuenta de su problema así que pensé en una distracción le invitamos a que nos siga. Nos siguió sin preguntar demasiado. Porque era la única manera para que volviera al pueblo. Llevamos muchos fuegos artificiales, entre el ruido y las luces podría ella llegar a su casa.
Eso exactamente hicimos a las cinco y media de la mañana, una fogoneada de luces cruzó el cielo. La gente miraba, maldecía y se ponía feliz desde la ventana, pero no se vieron tan bien. Pero le dio el tiempo para llegar hasta la casa.
Cuando quedamos en medio de la plaza y Valeria se había ido. Otra vez el pueblo nos excomulgaba moralmente. Pero volvimos a la casa, el barco o como quieran llamarle. Nos quedamos dormidos pero al tiempo, uno de los más honorables vecinos del pueblo de Omega, Hilario Glogmann. El hombre con indignación reclamó la tranquilidad del pueblo, nosotros lo oíamos con indiferencia. Mucha indiferencia, nos amenazaba con que iban a echar, aseguraba que el viejo estaba loco. Nosotros no éramos sus parientes pero tendría alguna forma de demostrarlo no lo creo. Tantas cosas, pasaban la mujer de Hilario, se quedo con los dos objetos que le regalamos. Pero no se dejó llevar por el libro. Pese a que tenía curiosidad de él. Pero esas cosas no eran bien vistas por el pueblo. La mujer de Hilario moría de ganas de irse al barco con nosotros, como lo sé. Todo tiene justificación. Pasaron unos días; Valeria llamó a lo de Gilda. Le dio a entender que había que hacer las paces con los extraños y tal vez se hicieran parte del pueblo, “todos tienen que tener alguna oportunidad”. Gilda dudó mucho en ese punto porque Eugenio no lo aceptaría. Pero su amiga le insistió con fuerza, que era necesario que no pudiera ser, le recordó que la gente de Omega era diferente pese a todo. Hilario no se enteró de toda la actuación que se puso en juego. La que más sufría en este juego era Gilda que no entendía nada. Eugenio estallaba en ira, y no le dejaba mencionarle nada. No había dudas, era imposible. Pero algo hizo que el pueblo se impresionará. Paso el tiempo me gustó el pueblo vendí lo que tenía en la ciudad con todo el dinero. El barco fue una pequeña parte de la casa, ahora le agregamos mucho más. Expandimos mucho la casa, llegó a ser de cuatro pisos y veinte habitaciones. Estas se anexaban de forma extraña a la casa con forma de barco. Con el resto del dinero compre tierras, muchas a decir verdad, por lo que arrendándolas pasamos a ser los más grandes productores de trigo de la zona. Mi amigo sugirió que rea tiempo de decirle a Omega que las cosas iban a cambiar, Hilario era el anterior terrateniente más importante de la zona. Todo eso era cosa del pasado. Tenemos el poder, pensé el viejo estaba muy feliz. Ya tenía todo lo que quería. Es más los sirvientes le decían “Capitán”, así que estaba encantado. Todo lo que pasaba me hacía pensar en que Omega estaba muy aislada, eso era en realidad lo que hacía que sucesos como estos fueran importantes. Por la gente se va acomodando según el viento sople en muchos casos, Eugenio fue el primero en llegar.
Vemos a este hombre en un traje de color marrón tocando la puerta de la casa un día, evidentemente que se estaba presentando. Era extraño que las cosas se hicieran de esta forma pero quien soy yo para discutir las ideas de esta gente. Después de todo era lo divertido de vivir aquí sino seria como cualquier otro lugar. Había que darle la imagen que estaba buscando, abrimos de la puerta a través de los sirvientes. El lamebotas saludo al viejo como capitán era muy chistoso. Nos hicimos esperar bajamos con los mismos trajes verdes que alguna vez haya maldicho. Es más dijo- Excelentes yo quisiera tener unos así algún día. Le dimos unos cuando se fue, pero antes les mostramos toda la prosperidad y le obsequiamos habanos de los mejores. El hombre estaba extasiado. Habíamos levado a ese pueblo todo el exotismo sin que se tuvieran que mover un kilómetro. Por eso dijo que nos iba a invitar a su humilde hogar. Cosa que aceptamos con la mayor de las naturalidades. Esto fue un problema en la casa Gloggmann, ese que se decía amante de Omega era un farsante ridículo que se vestía de verde. Hilario pensaba mucho sobre estos temas, que pasaría con todo el pueblo. Era una de sus obsesiones el quería envejecer en el pueblo en el que había crecido y no el infestado de estupideces. Una de las primeras peleas de Omega en décadas, Eugenio fue echado de la casa de la casa de Hilario con todos los improperios. Cosa que llamó mucho la atención. La antigua casa de Hilario, de dos pisos muy amplia era pequeña ahora. No obstante el desconfiaba de todo incluso de su mujer, empezó a sospechar era evidente que ella con su manía de las comparaciones estaría sacando conclusiones que resultarían completamente irritantes. Todo se sabía lo sabían hasta sus hijos, se fue de la casa y se fue a caminar hacia el desastre que lo arruinaba todo, la maldita casa-braco-mansión o lo que fuere de esos pedantes que éramos nosotros. Nos odiaba sin conocernos del todo, cuando nos conoció un poco más nos odio mucho más apasionadamente. Para mí era de lo más divertido. Pero se quedo desde fuera de la propiedad mirando hacia la casa. Las semanas pasaron de la manera más mecánica, era el día de la visita a la casa de Eugenio. Si un acontecimiento aburridísimo supongo, más bien patético pero me gusta la comida casera. Usábamos unos trajes amarillos, ellos nos hacían ver de una forma muy particular en un pueblo donde dominaban los marrones, azules, negros y tal vez algún verde muy oscuro. Pese a todo a Hilario se le había dado el capricho de vernos, la familia arrastrada a ese acontecimiento. La familia menos su propia mujer, lo cual era mucho más simpático todavía. Pero esas no son cosas que me preocupaban cuando llegamos cosa que hicimos de forma evidentemente tarde. Llegamos con el capitán. El viejo se vistió de capitán realmente. Todos nos miraban con desprecio al ver hombres circenses en la casa donde ellos se solían reunir. El primero en acercarse era el de los comestibles que hacía mucho dinero con nosotros. El hombre ya clavo, mostró a su familia entera. Una mujer más alta que él de expresión dura, hija de un pastor protestante. Dos hijos salieron de esta unión ambos parecidos al padre, pero del tamaño de la madre por lo que eran excelentes deportistas. Al final en el punto opuesto a nosotros estaba Hilario con su cara de insatisfacción. Definitivamente había que regalarle algo. Entre mis colecciones de cosas tenía una de vinos por lo que le regalé uno envuelto en un papel que lo llenaba de misterio. El hombre hizo la mueca de la sonrisa pero nada más. Duros todos, pero eso no importaba. En la cocina no muy lejos de allí, Gilda sudaba como un lechón. Se había puesto hace pastas como para treinta personas. Lo cual la dejaba con una sobrecarga muy importante. Entre las trivialidades que ocurrieron paso una muy particular, el Don Juan de mi amigo no se limita a mujeres solteras. Por lo que mandó a un crío, con una nota con la palabra amarillo. Por supuesto que después buscamos unas prendas que tuvieran ese color pero de una manera mucho más disimulada que la nuestra. Era una intriga palaciega de tercera pero era divertida solo en un pueblo como Omega se podía hacer esto con alguna posibilidad de reacción. Soy el filósofo de las costumbres.
Como tuve que narrar, mi amigo que tiene nombre se llama Pablo, cual el apóstol converso. Ese hombre no respetaba costumbre alguna, tenía síntomas dalinianos. Puro histrionismo, fuera de tiempo. Pero para una mujer harta como Valeria era el hombre ideal. Simplemente porque representaba todo lo que su marido no tenía. Porque Hilario poseería un desgaste por la costumbre una falta de frescura vital. Todo lo que haría que una persona que tuviese algo que perder pensara como noble y como digno pero no era el caso. Valeria Ramos ya había sido lo mejor del pueblo, la crema y nata de Omega. Quizás quería caer, tenía los deseos el impulso inconsciente de fundirse. Como todo lo que lleva la gente detrás de sí pero lo agobia. Todo lo demás ya estaba prefijado. Los cuatro puntos cardinales estaban sobre ella. Pura poesía surrealista. Pablo el perseguidor, Hilario como Leviatán. Quien dice que pasaría, todavía nada. Porque en Omega es uno de los pocos lugares de la tierra donde la mesa aún es sagrada. Entre los dichos, miradas, juegos de manos, malabares psicológicos. Todos a la mesa, con la pasta. Los platos avanzaban entre la pequeña sociedad en crisis. Nadie asegura, todos miran. Abstenciones, jamás. Omega es una tierra de buen comer. Pero Hilario, supone las intenciones de Pablo sin saber siquiera su nombre. La mujer de Hilario se desespera de despegarse para siempre de él. Yo, como tranquilamente, le explico a Eugenio cosas de las que no entiende pero finge entender. Muchos de los otros miran. Gilda corre la maratón. Seguimos comiendo, los platos se van vaciando. La gente esta clavada en sus sillas hasta por lo menos vaciar el primer plato. Los más exigentes siempre dejan estomago para el postre. Esta es una mesa de tensión. Lo más deshonesto del asunto es que Valeria, ni mira a su marido solo le hace ojos a mi amigo. Quien sabe porque yo vine a jugar al ajedrez con esta gente. Ellos me odiarán, eso no importa. El vino que traje es de lo mejor. El color del tinto me recuerda a la sangre, pero este al ser más oscuro que la sangre me mezcla pasión y melancolía en el paladar. Un vino de las emociones, esos son de los más raros.
Termino mi plato, me estiro hacia atrás. No aseguro nada, estoy tranquilo. Crimen pasional, no es mi asunto solo soy testigo de la historia. La mente de Pablo, es la mente de un criminal de un ladrón. Un gran ladrón de mujeres, que se une a mí cruzada solo por el exotismo del pueblo. Pese a todo me siento como el europeo prepotente sobre la tierra virgen del mundo desconocido para él. Todo sacrílego, hasta lo amarillo de mi traje. Lo extraño es que esta noche, hay nubes en el cielo cosa rara porque aquí llueve poco por esta fecha. La noche asciende con la luna. Que pienso, en la verdad, que veo la verdad misma. Un vencido tácito termina un plato de fideos y busca un pan para terminar de sorber la salsa que queda. Ahí todavía es el marido que domina. Si alguna vez lo hizo pero eso quiso creer. Eugenio se da cuenta de todo pero es un cobarde, tan cobarde que no defiende a su amigo de la infancia, solo escolta mis planteos quiméricos. Pobre pueblo, Omega. Sé que muchas cosas han de pasar en estas tierras.
Gilda por fin después de sudar como nunca, termina su faena se deja caer sobre la silla. Mira el reloj y no puede creer que sea tan tarde. El capitán se venga del pueblo, ese que no lo tenía en cuenta. Era un mecanismo. Sin embrago sé que uno de los hijos de Hilario no sea quizás tan tranquilo como el padre. Pero algo hace que el resorte aguante. Es la corte de un Rey, el rey Hilario. Sus dominios un reducido lugar de productores de trigo, sus súbditos le admiraban. Pero ahora, come verán ni las casas blancas, ni la iglesia de agujas de plata, nada de eso les llama la atención. Los nuevos no respetan. Si me mataría a mi y a Pablo. Que temo el absurdo de morir a manos de un granjero cornudo, por supuesto que no. Que sé que esto era evitable. Sí, lo sé. Yo no lo inicie eso lo sé, porque ella se dejó tentar primero. No hizo como la pobra de Gilda y tomarlo como una evasión simple y mental. Busco lo nuevo, que el viento le diera en la cara en nombre de la vergüenza. Pero para ser científicos diré, que la mesa era un hervidero de cosas de una comunidad frágil. Que el adulterio es moneda corriente en el mundo, lo extraño es que no se concretará de manera menos teatral. Pero saben incluso hasta Pablo al cual yo mantengo, la teatralidad es lo único que vale la pena para mí. Un toque de sutileza. Si tuviéramos mil ojos podríamos ver toda la escena pero por intuición se las digo. Valeria ya esta absorta en las posibilidades carnales. Yo, solo entiendo que el pueblo se va dividir y va tomar partido. Hilario esta siendo humillado y sin embrago aguanta todos saben porqué, eso es la causa del desquite y del desafío abierto. Para un profano, sería cuestión de calentura, de abrazo de genitales. Pero no era el caso.
Todo allí es una reiteración de lo mismo, es la vida del pueblo en pocos metros cuadrados. Eugenio, esta en medio es un testigo yo soy el mentor. Hilario es el ofendido. Pablo es el mercenario de su impulso.
Tomemos dos segundos, solo dos. Respiró tengo calor, una inquietud de orden visceral.
Gilda termino de comer, la señora gorda la sufriente del sistema la verdadera espartana del pueblo. El pilar de lo que será el pueblo no se rinde. Tiene que terminar lo que comenzó tiene poca imaginación no ve los hilos en el aire. La cara de pesadez, de autentica pesadez. Eso es lo que hace la magia, lo que hace que continúe hacia el postre.
Los platos antiguos son llevados por una de las hijas de Eugenio. Miró con benevolencia a la chica ella no crecerá en la inocencia del aislamiento de Omega. Que falta de respeto hacia todo eso, pero que voluntad de arte. El artista social podría ser. No es verdad. Me gusta observar es patológico, ellos son mis victimas por no dejarse observar por no dejarse ser de otras maneras. Hilario no le valdrá de nada guardar las formas pero lo entenderá más tarde cuando un día este solo en un desayuno en el que haya llegado el invierno a esta zona. Porque creó que a su forma la quiere.
Tal vez negar la realidad es parte de la vida misma, tal vez vivamos para evadirnos. Deseos de un gran Ámsterdam, de una ciudad de muchas cosas, o de una Venecia infinita que no nos lleve a ninguna parte. Que en los gigantes terribles que amenazan tu vida, son inventados por ti. Lo peor es que muchas veces el pesimismo, la depresión existencial son la cubierta para encerrarse aunque sea de la forma más terrible de la realidad. Por eso son un existencialista visceral y no filosófico, elijo por elegir para después medir en catástrofes las decisiones. Todo lo demás es así una pantomima, la farsa del vivir fuera del riesgo. Esa es la paradoja de Omega, que es la vida sino la tentación de la cabeza en las fauces del león. Si el negro no se encontrara en el medio de los ojos, si no absorbiera el espejo del alma quizás el mundo sería de vidrio. Por eso, es una religión. Omega estaba muerta y ahora avive pero eso significa que nadie estará al salvo. Los cielos serán líquidos y quebradizos. Las mujeres llorarán por sus hijos, pero siempre las lágrimas de gozo se conjugarán con las de dolor. Porque hay irrelevancias.
Pero la cena ha de terminar con un postre de la manera más convencional y no a las patadas, golpes e insultos como en otros lugares. Comer Tiramisú, como si una caravana de elefantes de crema se destrozara los huesos contra el plato. Que la canela que es como la lava pétrea de la eternidad. Entonces cuando pienso en un postre en dimensiones cósmicas puedo darme cuenta que en los millones de kilómetros que esta mesa puede ocupar. En realidad serán hombre con hombre de gente común con sus historias, mi realidad, no es la realidad de todos. Porque no lo sé. Quisiera saberlo es la cruzada de mi vida pero es más complicado que la vida misma. Todos comen, Hilario esta derrotado pero un solo gesto acaso es reflejo de lo que su mente y vísceras sienten. El sentimiento de miseria es suficiente acaso no falta la imagen de cinco ganchos que se clavan de sus carnes y lo levantan de la forma más cruel posible. Pero no pasa todo es muy mecánico, la casa es normal. Mi estomago es llenado al fin de alimento. Una somnolencia inunda algunas caras. Muchos gestos de satisfacción estomacal. Llenos como ballenas, gordas de pantalones ajustados en los mares del sur. El reloj que es único que siempre mantiene la seriedad indica una hora tarde para la zona. Yo me levantó, y me voy con la libertad total despreciando todas las costumbres los demás me miran pero no hacen nada, no les importa. A mí tampoco. Al tiempo sale mi mercenario fiel, y después como unos ocho nanosegundos, cosa que en realidad fueran dos minutos. Sale Valeria, los demás desconozco sus rutas. Pero no es mi labor saberlas por lo que hacen lo que quieren. Vamos por el sendero hasta mi casa, mi mansión que es un barco que es un lugar en el Tokio horizontal. Omega, ya sabe a que atenerse somos los males del fin del mundo de su mundo. Los siete pecados capitales, llega en el viento. Seco, estéril. No hay esperanzas para ellos. Como era evidente, todo pasó como dije.
Hilario abandonó la casa de Eugenio al cual hubiera ahorcado con gusto. Tal vez lo haga, no lo sé. Cómplice. Va para su casa pero sus pasos pesan toneladas lo que en otras palabras es sinónimo de que no enfrenta la realidad.
Porque la realidad tiende a mostrarnos tantas cosas adversas que es fácil pensar por unos momentos que nada de eso ocurre en la realidad. Porque la vida tiene cosas que son difíciles de tragar. Tanto es así que la gente ha sabido crear muchas cosas que han deformado a propósito sus motivos, origen de mucho moralismo y puritanismo. Porque si no se puede hacer algo, lo mejor es desaprobar a los mejores o más capaces. Pensar a un mundo desigual como injusto. Lo cual es mentira, el mundo es un lugar que es indiferente a todos. Creo en el azar. No hay cabos, no hay causas más que los hechos que el tiempo que es unidireccional. Por eso, cuando arriba hacen el amor Pablo y Valeria, en menos de diez kilómetros Hilario esta colérico con vistas a asesinar a alguien. Yo lo sé. Pese a que no lo veo, veo sus dientes crujir, sus puños aprestarse. Nada de eso me es ajeno a mí pero yo no soy responsable.
Eugenio mira el techo de su propia casa esta acostado mirando el cielo raso sin poder dormir. El hecho es que pese a todo, no logra sentirse bien consigo mismo. Porque el sabe que es un traidor a su causa que nunca hizo nada más terrible que entregarnos el pueblo de Omega a nosotros. No duerme las palabras le zumban por encima de él, los ronquidos de Gilda hacían de una forma palpable una atmosfera cerrada. Cuando me preguntan porque hablo así nunca sé que responder. Yo sé que siempre fui un extraño y un perverso. No me importa que tanto se pueda decir de mí, porque cuando te lleven al rincón vas a saber que fue en vano hacerte una fama. Si fuiste un perdedor de primera fue lo mismo que si fuiste emperador. Para que mentir a los próximos a menos claro que tenga algún objetivo pero sino es ridículo. Sé que Hilario es cornudo, lo estoy oyendo en los jadeos regulares de Valeria a metros de aquí pero no me conmueve. Porque quien me sepa leer, solo soy espectador. No puedo hacer un Deus ex Machina. No los voy a salvar si se tienen que matar que se maten.
Por esos momentos ya era tiempo de que Eugenio se quedara dormido pero no fue así. Se levanto bajo por algo para morfar de lo que había quedado pero se dio cuenta que al fin y al cabo era inútil no tenía hambre era una escusa estúpida. Se fue a la calle, a la madrugada de Omega, quien sabrá porque. Se fue para lo de Hilario instinto suicida. No lo sabe él, la culpa como agente residual. Mientras tanto Pablo sigue en la faena, dura bastante no tenía referencia de eso. Yo estaba a punto de dormir. Tenía que buscar un poco de Vodka para aflojar la mente no suelo dormir de forma natural desde los doce. Después del suplemento, me dormí. Mientras roncaba, Eugenio se fue acercando a la casa de Hilario la cual tenía la puerta abierta. Era una casa violada, en una forma muy grafica por el viento que golpeaba muchas veces la puerta abriéndola y cerrándola sin cesar. Todo lo siniestro de este hecho era una cosa que desanimo a Eugenio a entrar pero puedo ver, desde allí la cocina con la luz prendida. Ruidos varios, nada claro. En el final se volvió hacia su casa. Los hijos del antiguo matrimonio se fueron de Omega. Era inútil quedarse allí tomaron la camioneta del padre que no puso resistencia y tomaron para el camino que llevaba a las afueras para nunca volver. Creo que se fueron al mar, cosa que nunca hicieron como familia sin embrago ahora ya no lo eran ya podían hacer lo que querían. Durante un tiempo que fue el que duró mi sueño, Hilario hizo varias cosas que lo llevaron a sus momentos finales. Tuvo un encuentro furtivo con una prostituta de un pueblo a cuarenta kilómetros de allí. Fue a una estación de servicio, comió miles de cosas llenas de azúcar pese al hecho de una diabetes. Pero porque estaba ansioso, no puedo esperar. Compro una escopeta y doce balas. Según él para dar casa a un perro que lo molestaba. Se la vendieron con la mayor de la naturalidad. Se volvió en su otro auto, a su propia casa que seguía abierta y con sus pertenencias completas. Arrojo cosas por la ventana. Cuando se acercaban las cuatro de la mañana cargo la escopeta y dejo que el cerebro se trepará al techo de la habitación. Allí, Hilario pasaba a unos campos de trigo más amplios y se iba con una familia perfecta para siempre. Omega, era trascendente. Pero no paso nada más. Los pobladores se levantaron, todos conocían la casa de señor Gloggmann. Una de las personas que trabajaba para él entró a la casa y lo encontró. El horror llegó a la zona. Hilario estaba muerto, no solo muerto un escopetazo le había borrado la cara. Llamaron a la policía. Era un suicidio fácil de deducir, porque lo había intentado con la azúcar y había fallado. Esto pasaba durante la mañana de un día soleado. Tomaron una de las sabanas, lo envolvieron y se lo llevaron. La comunidad estaba más vacía ahora. Todos los que le conocían fueron menos su familia la cual estaba muy separada. Los hijos en la ruta, sin idea de lo que había pasado. La viuda de luna de miel. Obviamente a mi expensas en mi casa.
Me levanté como siempre con humor de lo más terrible desayune de una forma abundante porque es una de mis actividades favoritas. Salí para el pueblo porque había que bajar la comida, cuando llegué me enteré de la noticia de la boca de Gilda. Eugenio sabía lo que había pasado y entendía que si él hubiese tenido más cabeza podría haberlo salvado pero ya no se iba a poder. Definitivamente otra vida se había acabado como tal la de Eugenio fue una vida tan beige que hoy ya no podía serlo más. Por lo menos algo había pasado, su padre muerto de forma natural así que nada queda en ese punto. Todo era un punto complicado, porque él se había puesto en medio de una tragedia y nada pudo hacer. Quizás podría dejar el pueblo, o mudarse adentro de la muralla. Termino prefiriendo eso, se mudaron con otras diez familias. Porque era un Omega más pequeño y medieval. Por lo que dejaron sus casas. Las casas vacías se mantuvieron intactas detrás del círculo de piedra, un cementerio. Allí una piedra blanca grande tenía la inscripción de la fecha de la muerte de Hilario. Unas flores secas en la distancia. Pero muy solitario se pudría el cadáver pero yo le iba a hacer compañía cada tanto porque soy amigo de algunos muertos. Después de todo le ayude a dar el gran paso, un banquito al lado de muerto y hablaba media hora. Pero la gente de la muralla se encerró bastante más solo compartían la escuela y el hospital.
Pero me quedé más solo en mi casa el viejo se apuró acompañar al hombre del suicido. Pero él estaba debajo de un bello árbol, lo que hacía todo más pintoresco.
Las posesiones de Hilario, pasaron a un nuevo dueño. La viuda, la pobre mujer, tomo todas las posesiones pero se dio el gusto de gastar a mi costa bastante. Porque ya conocía el mundo. La casa se modificó al gusto del mundo. La casa distinta de Omega era lo que el mundo de afuera podía ofrecer, era casi más peligrosa que todo lo anterior. Miré el cielo, vi la casa que lo recortaba. Me tomé un tiempo y me fui de Omega. Sin embrago la vida en el pueblo siguió. Eugenio que vivía en la muralla, un día tuvo un accidente por lo que quedó rengo para siempre. Pegado a su casa, tuvo al fin lo que quería a un precio alto. Pero la unión entre Pablo y Valeria fue un punto de inflexión tuvieron una próspera descendencia. Ganaron mucho dinero durante ese tiempo, la pareja viajo a Europa. El Don Juan, se había asentado. Omega, seguía divido en dos pueblos o casi tres. Los que trabajaban para mí que están en el este de la ciudad, son bastantes y viven creo que bastante bien. En el centro del pueblo tradicional era las tierras de la “Señora Valeria”. La plaza y esas cosas estaban bastante abandonadas y el pueblo creció un poco perdiendo parte de su aislacionismo. Solo la muralla y sus casas son las que quedan de la forma original de Omega. Pero esta mezcla de los tres lugares hacía del “Gran Omega” en su forma original. Los campos de trigo otra vez estaban amarillos. Pasó más tiempo. Llegue a tener mucho dinero con los campos. Pero ya no sabía que hacer con él. Mandé a averiguar sobre los hijos de Hilario. Pero fue difícil sin saber porque se habían separado ambos. Sin tener otra cosa que resentimiento fueron criminales bastante violentos. El sistema los apartó de su seno. Pero la violencia les cambió la cara, cuando veían los diarios maldecían a su madre. Juraban matarla, los que los conocían decían que estaban locos. Ambos hermanos los llevaron lejos, muy lejos de Omega. Cuando al fin y al cabo todo quedó en el hecho de que los príncipes estaban ansiosos de venganza. Valeria Ramos, rica mujer de importancia de mundo con todo lo que el perfume importado puede prometer aún mantenía su belleza pero su marido no le podía ser fiel por tanto tiempo. Ya estaba buscando entre las jóvenes contemporáneas de su hija una mujer más simple para poder librarse de los problemas. Cosa que haría volver al ver en carne propia lo que hizo antes volverse cáustica, cruel e indiferente a todo. Porque estábamos todos en ese pueblo de lo más divertido creció lo suficiente para que un cura estuviera viviendo ahí pero los habitantes ya no eran tan devotos.
Porque ya no era como antes se había roto el encanto.
Una de esas fotos familiares eran cosas de las surrealistas que había. La querida de Pablo, era una joven de unos dieciocho. Unas décadas más joven. Así el ambiente se sintió tenso. Se empezaron a odiar como se amaron de forma apasionada y bestial. Una especialista para humillarlo en la sociedad. Pero sin embrago debía cargar con el engaño para siempre. O por lo menos ella lo pensaba así. Quizás era la culpa del mismo muerto del marido anterior lo que predisponía su ánimo para eso.
Para esos momentos de la decadencia yo estaba devuelta en el pueblo. Pero ya estaba mucho más viejo que antes. Recordar la época en que llegué era de lo más divertido para mí porque este pueblo no tenía nada, solo trigo, alambrados y casas. Todas las cosas que tendían a ocurrir eran como un desdoblamiento con el pueblo original. Pensé en que había que rememorar. Por eso propuse lo de la fiesta, otra idéntica a la primera que desencadeno tantas cosas.
Pero Valeria, la más poderosa mujer del pueblo pese a que el término sea telenovelesco y patético expuso el hecho de devolver la generosidad de aquella fecha arcaica. Cosa que hizo, a los días. Estábamos en la fiesta la cual era mucho mayor que la mía no era ya para opacarme creo que era para emparejar la felicidad perdida de aquellos años.
Todo era pomposamente grande. Llegue como la presencia más senil los de la muralla no asistieron. Ellos seguían en su vida. Yo estaba en esta oportunidad vestido de una forma mucho más simple mas compacta. Nada era lo mismo. Los años me sacaron un poco el toque de artista social. No jugaba más al gato y al ratón con el destino. Entre a la casa la cual ya era mucho más grande que la mía. Menos grotesca, porque no llevar el adjetivo de finísima podía. El salón era imponente una araña de dimensiones extrañas estaba sobre todos nosotros. Cuando desde la escalera porque así era la actual Valeria Ramos un águila vigilaba todo. Todo lo que se entienda por telenovela quizás lo tenga. O mejor dicho lo tiene. No era cosa de importancia. A esta fiesta vino gente de todas partes, los cuales se quedaban sorprendidos igual que yo. Sin embargo las cosas quedaban sin resolver Pablo se creía un rey. Hacía de las suyas, nos cruzamos. Cuando me vio me saludo animosamente, me llevó con su mujer. La cual bajaba de la escalera a una gran velocidad. Pablo dijo: “Omega no es lo mismo sin vos”. Pero no me habló a mí ni a él abandonó el lugar a gran velocidad. Pronto me mostró a su “pupila”. Cada vez más jóvenes o éramos nosotros más viejos. Son solo detalles. Por eso fuimos hasta el estudio donde estaban las colecciones de Habanos y fumamos. Mientras tanto la gente iba atestando la casa. Otra de las construcciones meta-significativas que no podíamos encontrar. La primera vez, en mi propia casa donde el mundo era distinto al pueblo donde era una ventana en el espacio hacia otro lugar.
La vista es emocionante, nada dentro de lo posible habría de salir mal. Esa confianza era cosa extraña hace algunos años atrás pero todo ya estaba superado. Por eso se había fundado Omega. El emplazamiento una llanura rural. La base de toda la economía de Omega el cultivo de trigo. Sus habitantes no eran muchos, pero el precio de los granos les permitía vivir de una forma cómoda y apacible. El paraíso de la agricultura. Tantos habitantes satisfechos eran muestra del progreso de la zona. Tradicionales dentro de lo que tradición se puede entender en este tiempo. Vivían de una lenta forma que para la mayoría de las personas de las ciudades parecería de lo más aburrido del mundo. Pese a todo este lugar era bastante hermético para con los extraños. Había un hotel al costado de la ruta sin ser este muy grande. Tenía comodidades, casi superiores al promedio, lo que fue hecho para que los curiosos no se metieran en el centro del pueblo. Si, Omega era visto por sus habitantes como el “Pueblo”. Nadie estaba invitado a saber mucho de él, ni siquiera las familias de los habitantes que no se encontraban allí.
Las fotos del pueblo eran una forma típica en que viajara la información. Tenían su propio diario, y su propio diario. El cual, debía ser tirado estrictamente cuando se abandonaba el pueblo. Cosa que había que había decidido, el consejo de vecinos muchos años antes. Cualquiera que los viera de afuera pensaría que eran una manada de paranoicos con ideas creativas. Profundamente religiosos o eso parecía, poseían una iglesia enorme, tanto que se veía desde lejos. Ya que el pueblo estaba metido bastante adentro en el campo alejado de la ruta principal. Pero la “Pequeña Iglesia”, como le decían era enorme para la gente a la que asistía. Pero por la persecuciones de sus propios habitantes casi nunca celebraban misa, porque no aceptaban que viniera un clérigo de un lugar más lejano, una vez por semana para hacer los oficios religiosos era inaceptable. Pero pese a todo ellos se habían organizado hacían oraciones comunitarias los domingos con suma rigurosidad. Lo curioso es que este pueblo hermético, crecía para sí. Hablaban de todo lo demás como los “otros”, los “otros” eran lo más peligroso. Nadie quería volver a vivir en las épocas del terror. Omega no era un caso tan aislado como parecía muchos pueblos en el interior tenían esta forma. La gente estaba harta de la guerra contra el “terror”. Muchas de esas cosas fueron olvidadas gracias a la fuerza de voluntad. Las casas de aquel lugar, eran blancas. Sus tejas eran negras y el contraste era muy monótono. La iglesia era mucho más estilizada. De color gris por la piedra, de apariencia casi gótica, las tejas de este noble edificio eran azul marino. Las agujas eran de color plata y siempre destacaban en el soleado cielo de aquel paraje. Los habitantes tenían aficiones varias, practicaban deportes hablaban del mundo exterior. Jugaban mucho al ajedrez, algunos de ellos viajaban. Solo que existía un acuerdo tácito de tratar de evadir el tema de la procedencia de todo lo que conocían. Solían cocinar mucho, porque el pueblo era muy unido cualquiera que llegará de otro país pensaría que el pueblo tiene siglos de antigüedad y que las tradiciones son esas. Sin embrago incurriría en el error. Todo allí era muy reciente como mucho se podría decir que tenía cincuenta años aquel lugar. Como decía, las gentes de ese lugar eran todas muy extrañas. Yo nunca fui al pueblo solo tengo algunas cosas que me han llegado de un pariente lejano mío que me ha mandado, pero tampoco son muy extensas. Pasado un tiempo el no pudo entender la naturaleza del pueblo y se fue. El trabajo de sus habitantes había sido un éxito. Pero todo era tan extraño por allí que siempre había gente que se quería meter. Los curiosos de todo el país morían por lo menos por pasar por el hotel al costado de la ruta. Podían luego decir: “Yo estuve en Omega, no es lo que parece, blah, blah, blah”. Eso los había puesto en un libro y todo. Yo compre el libro se llama: “Los lugares más extraños”, es una verdadera bazofia. Lo peor es que es bastante inexacto. Pero pese a todo es uno de los pocos lugares donde se tienen tantas fotos sobre el pueblo. Porque sé de buena fuente que pueblos como Alfa, son mucho más amistosos. Enclavados cerca de las montañas, se dedican al cultivo de árboles frutales. Mucha gente de las ciudades, pasa sus vacaciones junto a las montañas, y conocen el lugar. Esa gente es mucho más amistosa.
La gente de Omega, no le importa mucho el mundo que nosotros habitamos. Las tecnologías no los deslumbran. Mantienen un cerco tecnológico alrededor de ellos. No les interesa demasiado lo que pueda ocurrir más allá, menos claro, el precio del trigo. Ya que están muy al tanto de los asuntos agrícolas, quizá más de lo que podría suponer un hombre cualquiera. El tren pasa a una distancia considerable del pueblo así que por tren se puede ver también. Pero desde muy lejos solo se ven las agujas de color plata de la iglesia. Pese a todo eso, cuando alguna de las persona llega al pueblo con toda la serie de disuasiones que se imponen. Los habitantes se muestran muy indiferentes con él. Ellos se basan en la independencia y en el trabajo no gustan de perder el tiempo entre las ocho de la mañana y las ocho de la noche. Pese a que en los campos de alrededor empiezan antes a trabajar. Las bodas siempre son un problema en Omega. Muchas veces la familia de los enamorados prefiere viajar a otro pueblo donde se casan para luego volver. Toda la fiesta y las cosas accesorias se hacen en el pueblo muchas veces en la plaza central. Esta es cuadrada y esta cubierta por álamos. Allí una serie de mesas se instalan y la fiesta se prolonga hasta altas horas de la noche. Solo tres personas extranjeras se han casado con locales. Uno de los hombres que trabaja en el banco. Otro que es un granjero prospero, que se especializa en la cría de cerdos y una mujer bastante joven. Ella llegó del brazo de uno de los chicos más aventureros del pueblo. “Chicos”, en este pueblo los viejos son muy importantes, gente que no tiene más de cuarenta les dicen “chicos”. Esta es la única pareja que se casó, muy lejos de allí. En una ciudad, era uno de los personajes más polémicos del pueblo. Pero la polémica era cosa extraña.
Las amas de casa hacían extrañas competencias culinarias, entre ellas, la de cocción de tortas, pasteles, budines. La mayoría participaba y pasaban gran parte de los domingos realizando estas actividades. La más apta para llevarse todas las condecoraciones era Valeria Ramos. Una mujer de menos de veinticinco años. Si, ya se muy joven. Yo pensé lo mismo. Era hija de Pedro Ramos, especialista en madera y elementos de la construcción. Hombre de “Fe”, porque aquí la fe es importante. Se caso con Hilario Glogmann, si eran nombres raros los que usaban algunos pero la mayoría no se sorprendía por eso. Algunos no salieron nunca de ese pueblo por lo que lo tomaban mucho más normal. La señora Glogmann, era una cocinera dedicada. Se podría denominar una maniaca de la cocina. Pero en este pueblo, todas esas palabras de consultorio, no se usaban. Odiaban a los psicólogos y psiquiatras de toda especie. Era una de las pocas cosas que no se hallaba en las casas. La mujer, era una gran cocinera que hacía muchas tortas como selvas negras. Las cuales le hacían ganar las veces que participará las competencias. Las otras mujeres la odiaban y la admiraban pero sabían que pasaría si se peleaban con ella. Era una persona que perdonaba difícilmente. Su palabra era ley en el pueblo, en cuanto a lo que cocina se trataba. No se hacían tampoco muchas innovaciones en ese campo. Una de las mejores amigas de la señora Glogmann era Gilda Van Houten. La “pequeña Gilda”, era una mujer bastante gorda que lo más ancho que tenía eran sus brazos. Una cocinera excelente pero con menos imaginación que su amiga. Pero ella era una trabajadora pesada, porque tenía seis hijos y un marido de buen comer. Ella hacía a mano la pasta, pese a que no tenia de cómo hacerla cuando conoció a su marido lo aprendió de forma marcial por su suegra. Gilda era como dije alguien que gustaba de la comida. La mayoría de las amas de casa de por allí solían dedicarse a esto de forma casi profesional. Los maridos que tenían solían pavonearse y decir que poseían la mejor cocinera del “pueblo”. Pero ningún hombre cocinaba si le dejaban optar por una salida fácil. Solo uno de los profesores de la escuela era soltero ese si se cocinaba pero ese hombre era extraño cocinaba cosas orientales, como Sushi. Era una de las personas que recibía más correspondencia, revistas, y cosas en general. El tipo de los correos, solo conocía a este hombre un poco porque el resto del pueblo claramente lo evitaba. Eso hacía que ese profesor fuera bastante peligroso para los habitantes. Dudaban de su amor por Omega. Quizás él estaba allí por algo más. El mejor de los mitómanos de Omega, el señor Eugenio Carlotto. Este era el esposo de Gilda. El inventaba que ese hombre seguramente conspiraba siempre había muchos motivos por los cuales la gente quería arruinar el estilo de vida del pueblo. Se decían muchas cosas, eran gente cerrada. Eugenio siempre tenía algo nuevo para agregar. Él tenía en su casa en el fondo una especie de bar. Donde todos los días de la semana si estaba de humor la gente se reunía fumaban bastante y tomaban bastante pero eran gente tranquila. Como anfitrión se reservaba el derecho de dar a todos cátedra de los asuntos del pueblo. Omega, como ven era un universo dentro del universo. Los hombres que iban, siempre estaban siendo regañados por sus mujeres. “Eugenio, esto, o aquello”, para muchas de las mujeres de por allí Eugenio no era un tipo serio. Es que tenía esos toques raros de generosidad extraña. Gilda llevaba creaciones de moda extrañas que Eugenio eligió alguna de las veces que se fue del pueblo. Porque Eugenio traía cervezas importadas, de muchas partes distintas como también cigarros. Compraba muchas cosas, pero llevaba tatuado el titulo de “mejor amante de Omega”, y no justamente por lo que imaginan sino por las cosas extrañas. Como las pinturas que encargo al profesor de arte de la escuela sobre el pueblo que exhibía en su casa. Lo cual era redundante.
Pero Omega era una comunidad, una comunidad anacrónica a su tiempo. Pero ese fue el plan de los fundadores de los asentamientos rurales. Las ciudades híper tecnificadas, proponían un estilo de vida totalmente diferentes. Ni hablar de la ciudad capital allí todo era posible. Pero en ese lugar todo era corrupción. Muchos de los orgullosos padres de Omega, decían ser de los mejores padres del mundo por el hecho de vivir aquí. “La gente crece como debe aquí. Nada de esas ideas, del no futuro y estupideces como esas”-remataba los comentarios. De hecho la escuela del pueblo estaba aún más lejos de todo que el pueblo estaba metido en medio del campo. Un reloj enorme en lo más alto de la escuela, era la fachada que daba hacia el pueblo. En la escuela se había gastado gran parte del presupuesto del pueblo. Por esto era una construcción importante.
La escuela y la primaria estaban juntas unidas por medio de un patio bastante grande donde transcurría la vida social de los alumnos. Pero todo era un mundo cerrado, y como en los mundo cerrados había costumbres. Pero eso no es tema específico del pueblo. El pueblo no tenía estudios superiores en cosas que no estuvieran relacionadas en la agricultura o ganadería. Por lo que a lo largo del tiempo hubo jóvenes que han emigrado de él, buscando vidas mejores o por lo menos más emocionantes. Pero pocos de ellos han vuelto al pueblo. No obstante los sucesos que ocurrieron en Omega fueron muy distintos de los que ocurrieron en Alfa o en Gamma. Porque Omega tenía planes de separarse de todo lo demás de llegar a ser completamente autónomos a casi cualquier precio. En medio de la globalización irrefrenable, Omega resistía contra viento y marea cualquier intento de unirla con el resto del mundo. Era un caso muy extraño, algunos periodista de muy diversos lugares siguieron el proceso. El gobierno se mostraba intranquilo con este feudo, que se quería aislar de la estructura central del poder. Pero la decisión esta tomada, el pueblo buscaba separarse de todo. Nadie sabría el resultado preciso de tales acciones. Un muro se construyo en parte de la ciudad, un gran circulo en la parte oriental del pueblo allí quedaba otro pueblo dentro del pueblo. Este arreglo muy extraño se llego a cabo con el gobierno por el hecho de que el gobierno impedía esa clase de construcciones. Todos los habitantes finalmente estaban felices porque se habían salido con la suya. Una parte del mundo era de ellos pese a todo. Todavía no sabían que iban a hacer dentro de esos muros. No eran tan amplios como ellos querían pero podrían construir bajo tierra. Eugenio hablo de muchas cosas extrañas y los otros pobladores estuvieron de acuerdo en parte. Los niños de la ciudad no entendían mucho sobre la construcción del muro. Pero con el tiempo se lleno de pintadas diversas, en esa única pared de cemento en la extensión de trigo. Tuvo una consecuencia inesperada, la gente se entusiasmaba más con el lugar porque todo esto lo hacía de lo más excéntrico posible. La imaginación popular se dejó llevar. Desde conspiración ovni hasta ideas más descabelladas. Yo y uno de mis grandes amigos éramos de los interesados. Solo que este amigo no había sido por el pueblo antes. De mi tuvieron ligeras noticias, por todo el asunto de las fotografías de los libros y de la crónica de mi pariente que me debe haber descripto. Hicimos un mapa detallado del pueblo, todo lo que habían hecho estaba ahí. Sin embrago Omega fue uno de esos proyectos extraños que hizo nuestro país, lo más extraño era que funcionaba. Todas las colonias agrícolas funcionaban y daban muchos beneficios. El país era extraño ahora que lo pienso. Pero no era cuestión de lo que había ocurrido con el país solo quería saber del pueblo. Juntamos algún dinero para mandarnos al pueblo pero para estar realmente en el pueblo se necesitaba una casa y quien nos daría una casa. Ninguno de los habitantes nos tendría de huéspedes, porque era como expulsarse del pueblo. Esperamos un tiempo hasta que llego una oportunidad, nosotros nos encontramos con un tal viejo Mac Callister, este viejo vivía solo y tenía dos sobrinos. Los cuales hace por lo menos veinte años que no veía. Por lo que tomamos el lugar de esos sobrinos. El viejo estaba feliz, estaba harto de la gente del pueblo. Todo esto era porque él había sido marinero, no tenía nada de rural. Pero su casa, por fortuna termino en medio de ese campo lo cual era frustrante. Pero conservaba todo lo que le recordara al mar. Incluso tenía una gran red colgada de la pared de su casa. Pinturas de barcos, colección de bebidas alcohólicas, y un traje azul marino de tiempos de mar. Todo esto nos muestra que sería más accesible que los otros habitantes. Tomamos mi auto, y nos dirigimos por la ruta hasta Omega, un lugar para poca gente. Nosotros íbamos a rascar la superficie, sí era un chisme muy elaborado pero servía para llenar libros y guías de viaje de gente muy excéntrica, bastante harta de lo común como nosotros. Pusimos la radio, música punk sonaba de fondo, me tomaba unas vacaciones con mi amigo. Nosotros íbamos a llevar muchas cosas a ese pueblo, quizás nos echarían.
Pasaron dos días hasta que llegamos hasta la casa la más descuidada de todas y la más alejada el pueblo. Miramos y pensamos que era el lugar ideal. Tocamos la puerta, el viejo llegó nos vio y se puso muy feliz. Éramos su única familia, por lo que no había mucha complicación. Entramos la madera vieja hacía un ruido muy cómico. Los muebles eran todavía más viejos, la comida estaba apilada en otra de las paredes de la casa. Muchas conservas de pescados. Unos cuartos viejos, tres uno para cada uno. El piso de arriba hacia mucho más ruido, todos los cuadros estaban torcidos. Era una especie de barco viejo blanco de tejas negras. Mi amigo, Román dijo- podríamos hacerlo como un barco. El viejo estaba muy emocionado, tanto que nos obsequio uno de sus más preciados whiskeys. Por lo que dejamos nuestras cosas, y nos fuimos de nuevo del pueblo a comprar esas cosas que lo convertirían en barco. Al tiempo trajimos muchas cosas de unos veleros viejos, montando el barco-casa. Lo cual nos llevó tres semanas, nuestra llegada corrió rápido por el pueblo. Todos pensaban que el viejo se iba a morir solo. Gilda fue la primera en llegar porque fue la orden de Eugenio la que le dijo que hicieran migas con los nuevos. La mujer llegó cuando pintábamos la casa de todos los colores. Nadie más se había acercado, pero cuando ella llegó ya tenía noticias para un año. Llevaba una torta de chocolate, la cual aceptamos de buena manera. Mi amigo le parecía muy gracioso el nombre de Gilda. Cosa que se lo dijo, la regordeta mujer entro y vio los tachos de pintura la operación encubierta ya no lo era. El viejo marino se había subido al techo. Yo dije- “Tío, un mar amarillo. Una vela vamos a poner sobre la casa, para que sea igual que el velero del cuadro”. Gilda miraba con mucha expectativa, la mujer gorda tenía mucha imaginación y le encantaba leer a Lewis Carol por lo que la casa braco le parecía magnifica. Solo que nunca se atrevería a decirlo. Tomamos la torta, pero ella se fue muy rápido. Las “noticias” se esparcieron pero nadie se acercó a la casa, la misma palabra designaba algo peculiar, con Eugenio se hablaba de la “casa”. Éramos lo peor que le había pasado a Omega. Por eso éramos odiados y amados a la vez, las amas de casa de vida recluida pensaban en ese barco que estaba en la tierra. Gilda fue victima de visitas, de concurrencias de las más variadas, todas las mujeres querían novedades. Miles de preguntas llegaban a la casa. Eugenio en el fondo argumentaba que había que echarlos pero estaban en un lugar legítimo. Por después de todo la casa del viejo no era nueva, sino que era tan vieja como las de ellos. Por lo que todo intento de sacarnos sería un poco inútil. Pero tampoco se quedaron con los brazos cruzados, ya que Gilda era la primera mujer del pueblo que hablo con los “marcianos”, los habitantes de la “casa”, si era una psicología estúpida de pueblo paranoico. La mandaron de nuevo, la gorda más simpática de toda la localidad se venía para nuestro hogar. Pero esta vez llevaba un lemon pie. Mi amigo y yo nos enteramos de esto y para no dejarla con las manos vacías, sacamos la mesa afuera y pusimos todo para recibirla. Ya que el barco estaba terminado y una especie de balcón-mirador era el lugar que el viejo usaba para pasar el rato. Mac Callister, estaba feliz con nosotros éramos como sus nietos, pese a ser sus sobrinos por lo que pudimos sacar la mesa sin mayor problema, es más nos aviso con un grito: “Ahí viene la gorda”. Efectivamente la gorda, la pobre Gilda, llegaba a pie con su torta como la vez anterior pero estaba fatigada. Nosotros nos adelantamos a su llegada, en Omega la hospitalidad estaba cambiando de perfil. Como la afición de la señora al Mundo de Alicia en el país de las Maravillas se hacía realidad.
Porque forzamos a los cambios de perspectivas, siempre desafiado alguna estupidez de este pueblo que pese a tener cosas patéticas era fascinante en cuanto a su rigidez casi cadavérica. La gorda llegó, al fin y vio la mesa. Ambos estábamos vestidos de un color verde irlanda. Éramos unos seres muy extraños a la vista de este pueblo.
Al fin, cuando vio todo afuera. Paro el recorrido de la señora que se desplomó sobre la silla, era un día ventoso. El mantel incluso quería liberarse de la opresión en ese día. Pero no importaba, todo era como tenía que ser. La “casa” era ahora lo más extraño del pueblo en toda su historia, ya que era un barco. La mesa quedó afuera toda la noche con los restos de la torta, que se comieron algunos de los animales de la zona. No contaré el dialogo de Gilda porque era muy vacío o para mí no me trajo algún significado. Tuvo una pelea esporádica con el viejo marino. Los dos se decían muchas cosas hirientes pero no se lograban derivar. Al final le dimos por obsequio un prendedor de Irlanda con un trébol verde, yo tenía una colección de más de cien. Cosa que fue a parar a boca de medio pueblo. Un día a pie, en el pueblo hermético cruzamos con nuestros trajes verdes brillantes, pero ellos estaban todos en sus Bunkers sin querer enterarse de nada. Pero algunos miraban por detrás de las cortinas. Por no decir casi todos, porque su plan era que sintiéramos el aislamiento. Mi amigo fue a tocar la puerta de una de las casas pero nadie atendía pese a tener la luz prendida. La muestra de descortesía fue unánime, pero había una tienda de comestibles detrás de la plaza. Este hombre no cerraría su negocio por nuestra causa porque en el fondo le importaba más el dinero que la opinión del pueblo. Se refería a los habitantes de Omega como los “ingratos”, esa gente era indeseable como clientes con sus caprichos. Quienes éramos nosotros más que los reactivadotes de la economía de su negocio al hacer una compra extraordinaria a las tres de la tarde. El lugar desierto, el hombre que atendía que es el dueño justamente entretenido con la revista que leía no notó nuestra presencia. Compramos muchas cosas, entre ellas, muchas frituras y pre pizzas. El hombre cuando nos atendió pregunto de donde éramos, nosotros le dijimos que vivíamos con Mac Callister. Sorprendido, dijo: “Por suerte compran algo que no sean conservas”. Llenó las bolsas, con detenimiento, nos ofreció llevar gaseosas por excelente precio. Cosa que terminamos aceptando. Así nos fuimos del negocio, y hicimos para atrás todo el recorrido hasta el barco. La excursión de los “hombres de verde”, cayó muy mal. Una de las amigas de Valeria de la cual no conozco el nombre todavía, dijo- “Esos degenerados que se pasean por ahí, para mí son drogadictos o algo así. Personas normales no se visten así, no saben nada. Nuestros hijos no pueden ir ya a la plaza por riesgo de cruzarse con esos”
Pero esta gente era paranoica, tanto que Eugenio cuando vio que Gilda traía el prendedor, quiso analizarlo. Pero porque obviamente no tenía idea de cómo funcionaban los micrófonos y esas cosas, ni tampoco llegaba a tener noción de cómo se escondían llamo a uno de los agricultores que sabía de relojería. Un hombre de casi ochenta años con una colección de más de trescientos relojes, entre ellos de: pared, cadena, de mano. Digitales y de agujas. Pero el hombre concluyó de forma muy técnica que era un simple prendedor irlandés. El pánico de Eugenio quizás fue mayor, que pasaba si le había agrado afecto a su mujer. Un día podían llegar hasta su casa. Eso le ponía en una situación complicada. Pero él era gran embajador de Omega, si un chino llegaba y no entendía nada, él podría si tenía ganas de explicarle de todo lo que se le ocurriese. Como la historia del alumbrado público de la ciudad.
Gilda, no se contentó con las visitas previas estaba cocinando de nuevo. Eugenio empezó a sospechar lo peor de su mujer. Pero al final no pasó nada. El bar, estación comunitaria de Eugenio tenía tema. Los complotados más de quince todo un record de audiencia, porque muchos de los granjeros consideraban que era un idiota diplomado. Pero pocos se animaban a decírselo. Toda una cuestión que se puso a detallar. Advirtió del hecho de que no había que enviar más personas para la “casa”. Todos acordaron que era lo correcto.
Pero lo correcto es difícil en ese pueblo que era insensible hasta nuestra llegada, ahora eran ellos y “nosotros”, justamente nosotros éramos su problema. Poníamos en tela de juicio su forma de vivir tan bien pulida. Éramos el otro pueblo que estaba en Omega. Para acentuar el efecto no tardamos en poner muchos carteles, que decían cosas como: Pequeña Irlanda, China, Suiza, Hamburgo, Roma, Tokio horizontal. Todos esos carteles eran como una plantación de información contradictoria que pululaba en el lugar. Hicimos una bandera bastante grande pero faltaba el mástil, la vanidad de nuestro falso tío pronto se acrecentó por lo que dio rienda libre a toda esa clase de construcciones en su propiedad. Pero eso no fue lo peor, con todo, la gente se ponía como loca. Pero algunos les urgía la curiosidad entre ellos, la menos esperada, sí era Valeria Ramos. Ella estaba encantada con la llegada de nosotros. Pero debía disimularlo de forma más conveniente mediante un manto de fría indiferencia. No obstante, pese a todo. Teníamos que aumentar las apuestas. Celebramos una fiesta, en medio de la planicie triguera, comenzaron a llegar muchas gentes extrañas, las cuales no sabían que no era una fiesta de disfraces convencional. Se disfrazaban para ser objeto de la neurosis del pueblo.
Todos los que asistieron eran gente de la más común pese a ser de la ciudad, médicos, abogados, ingenieros, profesores. Mucha gente variada llegó en ese momento, pero lo interesante fue otro hecho. Mientras Gilda se quedaba en su casa cocinando, esa corrompida por los extranjeros que lucía su prendedor irlandés. Otra de las mujeres, la más ilustre, la más sacrosanta llegaba a la perdición. O sea a una fiesta de disfraces. Vestido y antifaz del mismo color. Entró a la casa que estaba atestada de personas de todas las formas y colores. Se sentó en una de las sillas, pero debía huir de la mirada del viejo Mac Callister. Porque era el único que podría llegar a reconocerla, y con eso sería su fin. O por lo menos su fin en el pueblo porque tendría que dejarlo todo, Omega no la volvería a recibir. Pero afortunadamente, no paso el viejo subió al rato. Con otros hombres de su edad, incluido un ingeniero naval que le dijo que podrían hacer más barco todavía la casa. Todo eso era un tema que los hacía pensar en muchas otras cosas. Porque algunos de esos personajes que llegaron ese día estaban encantados con la idea de hacer sus casas extrañas por allí. Durante un par de horas se las pasaron diseñando pero al rato se quedaron dormidos. Ambos anfitriones, o sea nosotros le dimos la bienvenida a la mujer de antifaz. Por suerte el marido que se llamaba Hilario como temo recordar, se quedaba dormido como un tronco. Ambos vestíamos como hombres del siglo XVII, con todo lo que implicaba eso. Le haríamos entrega de dos cosas en nombre de cada uno, yo le regale una taza hecha por mí de mi colección de tasas. Es que soy un acumulador compulsivo de cosas. Para contrarrestarlo solo puedo regalar cosas. Mi amigo que siempre era mucho más pícaro que yo, le dio un tomo de Juliette de Marques de Sade. Ella no tenía idea de lo que se llevaría a su casa. Pero eso no era asunto nuestro. Todos, estábamos bastante tomados, lo que si se sabe es que estaba deslumbrada de salir de los horizontes del pueblo. Pero vio el sol que se aparecía por el horizonte. Lo cual significa que tenía que abandonar, todo eso para volver a su hogar a la madrugada. Pero como entrar a la casa, era todo un problema. Nos dimos cuenta de su problema así que pensé en una distracción le invitamos a que nos siga. Nos siguió sin preguntar demasiado. Porque era la única manera para que volviera al pueblo. Llevamos muchos fuegos artificiales, entre el ruido y las luces podría ella llegar a su casa.
Eso exactamente hicimos a las cinco y media de la mañana, una fogoneada de luces cruzó el cielo. La gente miraba, maldecía y se ponía feliz desde la ventana, pero no se vieron tan bien. Pero le dio el tiempo para llegar hasta la casa.
Cuando quedamos en medio de la plaza y Valeria se había ido. Otra vez el pueblo nos excomulgaba moralmente. Pero volvimos a la casa, el barco o como quieran llamarle. Nos quedamos dormidos pero al tiempo, uno de los más honorables vecinos del pueblo de Omega, Hilario Glogmann. El hombre con indignación reclamó la tranquilidad del pueblo, nosotros lo oíamos con indiferencia. Mucha indiferencia, nos amenazaba con que iban a echar, aseguraba que el viejo estaba loco. Nosotros no éramos sus parientes pero tendría alguna forma de demostrarlo no lo creo. Tantas cosas, pasaban la mujer de Hilario, se quedo con los dos objetos que le regalamos. Pero no se dejó llevar por el libro. Pese a que tenía curiosidad de él. Pero esas cosas no eran bien vistas por el pueblo. La mujer de Hilario moría de ganas de irse al barco con nosotros, como lo sé. Todo tiene justificación. Pasaron unos días; Valeria llamó a lo de Gilda. Le dio a entender que había que hacer las paces con los extraños y tal vez se hicieran parte del pueblo, “todos tienen que tener alguna oportunidad”. Gilda dudó mucho en ese punto porque Eugenio no lo aceptaría. Pero su amiga le insistió con fuerza, que era necesario que no pudiera ser, le recordó que la gente de Omega era diferente pese a todo. Hilario no se enteró de toda la actuación que se puso en juego. La que más sufría en este juego era Gilda que no entendía nada. Eugenio estallaba en ira, y no le dejaba mencionarle nada. No había dudas, era imposible. Pero algo hizo que el pueblo se impresionará. Paso el tiempo me gustó el pueblo vendí lo que tenía en la ciudad con todo el dinero. El barco fue una pequeña parte de la casa, ahora le agregamos mucho más. Expandimos mucho la casa, llegó a ser de cuatro pisos y veinte habitaciones. Estas se anexaban de forma extraña a la casa con forma de barco. Con el resto del dinero compre tierras, muchas a decir verdad, por lo que arrendándolas pasamos a ser los más grandes productores de trigo de la zona. Mi amigo sugirió que rea tiempo de decirle a Omega que las cosas iban a cambiar, Hilario era el anterior terrateniente más importante de la zona. Todo eso era cosa del pasado. Tenemos el poder, pensé el viejo estaba muy feliz. Ya tenía todo lo que quería. Es más los sirvientes le decían “Capitán”, así que estaba encantado. Todo lo que pasaba me hacía pensar en que Omega estaba muy aislada, eso era en realidad lo que hacía que sucesos como estos fueran importantes. Por la gente se va acomodando según el viento sople en muchos casos, Eugenio fue el primero en llegar.
Vemos a este hombre en un traje de color marrón tocando la puerta de la casa un día, evidentemente que se estaba presentando. Era extraño que las cosas se hicieran de esta forma pero quien soy yo para discutir las ideas de esta gente. Después de todo era lo divertido de vivir aquí sino seria como cualquier otro lugar. Había que darle la imagen que estaba buscando, abrimos de la puerta a través de los sirvientes. El lamebotas saludo al viejo como capitán era muy chistoso. Nos hicimos esperar bajamos con los mismos trajes verdes que alguna vez haya maldicho. Es más dijo- Excelentes yo quisiera tener unos así algún día. Le dimos unos cuando se fue, pero antes les mostramos toda la prosperidad y le obsequiamos habanos de los mejores. El hombre estaba extasiado. Habíamos levado a ese pueblo todo el exotismo sin que se tuvieran que mover un kilómetro. Por eso dijo que nos iba a invitar a su humilde hogar. Cosa que aceptamos con la mayor de las naturalidades. Esto fue un problema en la casa Gloggmann, ese que se decía amante de Omega era un farsante ridículo que se vestía de verde. Hilario pensaba mucho sobre estos temas, que pasaría con todo el pueblo. Era una de sus obsesiones el quería envejecer en el pueblo en el que había crecido y no el infestado de estupideces. Una de las primeras peleas de Omega en décadas, Eugenio fue echado de la casa de la casa de Hilario con todos los improperios. Cosa que llamó mucho la atención. La antigua casa de Hilario, de dos pisos muy amplia era pequeña ahora. No obstante el desconfiaba de todo incluso de su mujer, empezó a sospechar era evidente que ella con su manía de las comparaciones estaría sacando conclusiones que resultarían completamente irritantes. Todo se sabía lo sabían hasta sus hijos, se fue de la casa y se fue a caminar hacia el desastre que lo arruinaba todo, la maldita casa-braco-mansión o lo que fuere de esos pedantes que éramos nosotros. Nos odiaba sin conocernos del todo, cuando nos conoció un poco más nos odio mucho más apasionadamente. Para mí era de lo más divertido. Pero se quedo desde fuera de la propiedad mirando hacia la casa. Las semanas pasaron de la manera más mecánica, era el día de la visita a la casa de Eugenio. Si un acontecimiento aburridísimo supongo, más bien patético pero me gusta la comida casera. Usábamos unos trajes amarillos, ellos nos hacían ver de una forma muy particular en un pueblo donde dominaban los marrones, azules, negros y tal vez algún verde muy oscuro. Pese a todo a Hilario se le había dado el capricho de vernos, la familia arrastrada a ese acontecimiento. La familia menos su propia mujer, lo cual era mucho más simpático todavía. Pero esas no son cosas que me preocupaban cuando llegamos cosa que hicimos de forma evidentemente tarde. Llegamos con el capitán. El viejo se vistió de capitán realmente. Todos nos miraban con desprecio al ver hombres circenses en la casa donde ellos se solían reunir. El primero en acercarse era el de los comestibles que hacía mucho dinero con nosotros. El hombre ya clavo, mostró a su familia entera. Una mujer más alta que él de expresión dura, hija de un pastor protestante. Dos hijos salieron de esta unión ambos parecidos al padre, pero del tamaño de la madre por lo que eran excelentes deportistas. Al final en el punto opuesto a nosotros estaba Hilario con su cara de insatisfacción. Definitivamente había que regalarle algo. Entre mis colecciones de cosas tenía una de vinos por lo que le regalé uno envuelto en un papel que lo llenaba de misterio. El hombre hizo la mueca de la sonrisa pero nada más. Duros todos, pero eso no importaba. En la cocina no muy lejos de allí, Gilda sudaba como un lechón. Se había puesto hace pastas como para treinta personas. Lo cual la dejaba con una sobrecarga muy importante. Entre las trivialidades que ocurrieron paso una muy particular, el Don Juan de mi amigo no se limita a mujeres solteras. Por lo que mandó a un crío, con una nota con la palabra amarillo. Por supuesto que después buscamos unas prendas que tuvieran ese color pero de una manera mucho más disimulada que la nuestra. Era una intriga palaciega de tercera pero era divertida solo en un pueblo como Omega se podía hacer esto con alguna posibilidad de reacción. Soy el filósofo de las costumbres.
Como tuve que narrar, mi amigo que tiene nombre se llama Pablo, cual el apóstol converso. Ese hombre no respetaba costumbre alguna, tenía síntomas dalinianos. Puro histrionismo, fuera de tiempo. Pero para una mujer harta como Valeria era el hombre ideal. Simplemente porque representaba todo lo que su marido no tenía. Porque Hilario poseería un desgaste por la costumbre una falta de frescura vital. Todo lo que haría que una persona que tuviese algo que perder pensara como noble y como digno pero no era el caso. Valeria Ramos ya había sido lo mejor del pueblo, la crema y nata de Omega. Quizás quería caer, tenía los deseos el impulso inconsciente de fundirse. Como todo lo que lleva la gente detrás de sí pero lo agobia. Todo lo demás ya estaba prefijado. Los cuatro puntos cardinales estaban sobre ella. Pura poesía surrealista. Pablo el perseguidor, Hilario como Leviatán. Quien dice que pasaría, todavía nada. Porque en Omega es uno de los pocos lugares de la tierra donde la mesa aún es sagrada. Entre los dichos, miradas, juegos de manos, malabares psicológicos. Todos a la mesa, con la pasta. Los platos avanzaban entre la pequeña sociedad en crisis. Nadie asegura, todos miran. Abstenciones, jamás. Omega es una tierra de buen comer. Pero Hilario, supone las intenciones de Pablo sin saber siquiera su nombre. La mujer de Hilario se desespera de despegarse para siempre de él. Yo, como tranquilamente, le explico a Eugenio cosas de las que no entiende pero finge entender. Muchos de los otros miran. Gilda corre la maratón. Seguimos comiendo, los platos se van vaciando. La gente esta clavada en sus sillas hasta por lo menos vaciar el primer plato. Los más exigentes siempre dejan estomago para el postre. Esta es una mesa de tensión. Lo más deshonesto del asunto es que Valeria, ni mira a su marido solo le hace ojos a mi amigo. Quien sabe porque yo vine a jugar al ajedrez con esta gente. Ellos me odiarán, eso no importa. El vino que traje es de lo mejor. El color del tinto me recuerda a la sangre, pero este al ser más oscuro que la sangre me mezcla pasión y melancolía en el paladar. Un vino de las emociones, esos son de los más raros.
Termino mi plato, me estiro hacia atrás. No aseguro nada, estoy tranquilo. Crimen pasional, no es mi asunto solo soy testigo de la historia. La mente de Pablo, es la mente de un criminal de un ladrón. Un gran ladrón de mujeres, que se une a mí cruzada solo por el exotismo del pueblo. Pese a todo me siento como el europeo prepotente sobre la tierra virgen del mundo desconocido para él. Todo sacrílego, hasta lo amarillo de mi traje. Lo extraño es que esta noche, hay nubes en el cielo cosa rara porque aquí llueve poco por esta fecha. La noche asciende con la luna. Que pienso, en la verdad, que veo la verdad misma. Un vencido tácito termina un plato de fideos y busca un pan para terminar de sorber la salsa que queda. Ahí todavía es el marido que domina. Si alguna vez lo hizo pero eso quiso creer. Eugenio se da cuenta de todo pero es un cobarde, tan cobarde que no defiende a su amigo de la infancia, solo escolta mis planteos quiméricos. Pobre pueblo, Omega. Sé que muchas cosas han de pasar en estas tierras.
Gilda por fin después de sudar como nunca, termina su faena se deja caer sobre la silla. Mira el reloj y no puede creer que sea tan tarde. El capitán se venga del pueblo, ese que no lo tenía en cuenta. Era un mecanismo. Sin embrago sé que uno de los hijos de Hilario no sea quizás tan tranquilo como el padre. Pero algo hace que el resorte aguante. Es la corte de un Rey, el rey Hilario. Sus dominios un reducido lugar de productores de trigo, sus súbditos le admiraban. Pero ahora, come verán ni las casas blancas, ni la iglesia de agujas de plata, nada de eso les llama la atención. Los nuevos no respetan. Si me mataría a mi y a Pablo. Que temo el absurdo de morir a manos de un granjero cornudo, por supuesto que no. Que sé que esto era evitable. Sí, lo sé. Yo no lo inicie eso lo sé, porque ella se dejó tentar primero. No hizo como la pobra de Gilda y tomarlo como una evasión simple y mental. Busco lo nuevo, que el viento le diera en la cara en nombre de la vergüenza. Pero para ser científicos diré, que la mesa era un hervidero de cosas de una comunidad frágil. Que el adulterio es moneda corriente en el mundo, lo extraño es que no se concretará de manera menos teatral. Pero saben incluso hasta Pablo al cual yo mantengo, la teatralidad es lo único que vale la pena para mí. Un toque de sutileza. Si tuviéramos mil ojos podríamos ver toda la escena pero por intuición se las digo. Valeria ya esta absorta en las posibilidades carnales. Yo, solo entiendo que el pueblo se va dividir y va tomar partido. Hilario esta siendo humillado y sin embrago aguanta todos saben porqué, eso es la causa del desquite y del desafío abierto. Para un profano, sería cuestión de calentura, de abrazo de genitales. Pero no era el caso.
Todo allí es una reiteración de lo mismo, es la vida del pueblo en pocos metros cuadrados. Eugenio, esta en medio es un testigo yo soy el mentor. Hilario es el ofendido. Pablo es el mercenario de su impulso.
Tomemos dos segundos, solo dos. Respiró tengo calor, una inquietud de orden visceral.
Gilda termino de comer, la señora gorda la sufriente del sistema la verdadera espartana del pueblo. El pilar de lo que será el pueblo no se rinde. Tiene que terminar lo que comenzó tiene poca imaginación no ve los hilos en el aire. La cara de pesadez, de autentica pesadez. Eso es lo que hace la magia, lo que hace que continúe hacia el postre.
Los platos antiguos son llevados por una de las hijas de Eugenio. Miró con benevolencia a la chica ella no crecerá en la inocencia del aislamiento de Omega. Que falta de respeto hacia todo eso, pero que voluntad de arte. El artista social podría ser. No es verdad. Me gusta observar es patológico, ellos son mis victimas por no dejarse observar por no dejarse ser de otras maneras. Hilario no le valdrá de nada guardar las formas pero lo entenderá más tarde cuando un día este solo en un desayuno en el que haya llegado el invierno a esta zona. Porque creó que a su forma la quiere.
Tal vez negar la realidad es parte de la vida misma, tal vez vivamos para evadirnos. Deseos de un gran Ámsterdam, de una ciudad de muchas cosas, o de una Venecia infinita que no nos lleve a ninguna parte. Que en los gigantes terribles que amenazan tu vida, son inventados por ti. Lo peor es que muchas veces el pesimismo, la depresión existencial son la cubierta para encerrarse aunque sea de la forma más terrible de la realidad. Por eso son un existencialista visceral y no filosófico, elijo por elegir para después medir en catástrofes las decisiones. Todo lo demás es así una pantomima, la farsa del vivir fuera del riesgo. Esa es la paradoja de Omega, que es la vida sino la tentación de la cabeza en las fauces del león. Si el negro no se encontrara en el medio de los ojos, si no absorbiera el espejo del alma quizás el mundo sería de vidrio. Por eso, es una religión. Omega estaba muerta y ahora avive pero eso significa que nadie estará al salvo. Los cielos serán líquidos y quebradizos. Las mujeres llorarán por sus hijos, pero siempre las lágrimas de gozo se conjugarán con las de dolor. Porque hay irrelevancias.
Pero la cena ha de terminar con un postre de la manera más convencional y no a las patadas, golpes e insultos como en otros lugares. Comer Tiramisú, como si una caravana de elefantes de crema se destrozara los huesos contra el plato. Que la canela que es como la lava pétrea de la eternidad. Entonces cuando pienso en un postre en dimensiones cósmicas puedo darme cuenta que en los millones de kilómetros que esta mesa puede ocupar. En realidad serán hombre con hombre de gente común con sus historias, mi realidad, no es la realidad de todos. Porque no lo sé. Quisiera saberlo es la cruzada de mi vida pero es más complicado que la vida misma. Todos comen, Hilario esta derrotado pero un solo gesto acaso es reflejo de lo que su mente y vísceras sienten. El sentimiento de miseria es suficiente acaso no falta la imagen de cinco ganchos que se clavan de sus carnes y lo levantan de la forma más cruel posible. Pero no pasa todo es muy mecánico, la casa es normal. Mi estomago es llenado al fin de alimento. Una somnolencia inunda algunas caras. Muchos gestos de satisfacción estomacal. Llenos como ballenas, gordas de pantalones ajustados en los mares del sur. El reloj que es único que siempre mantiene la seriedad indica una hora tarde para la zona. Yo me levantó, y me voy con la libertad total despreciando todas las costumbres los demás me miran pero no hacen nada, no les importa. A mí tampoco. Al tiempo sale mi mercenario fiel, y después como unos ocho nanosegundos, cosa que en realidad fueran dos minutos. Sale Valeria, los demás desconozco sus rutas. Pero no es mi labor saberlas por lo que hacen lo que quieren. Vamos por el sendero hasta mi casa, mi mansión que es un barco que es un lugar en el Tokio horizontal. Omega, ya sabe a que atenerse somos los males del fin del mundo de su mundo. Los siete pecados capitales, llega en el viento. Seco, estéril. No hay esperanzas para ellos. Como era evidente, todo pasó como dije.
Hilario abandonó la casa de Eugenio al cual hubiera ahorcado con gusto. Tal vez lo haga, no lo sé. Cómplice. Va para su casa pero sus pasos pesan toneladas lo que en otras palabras es sinónimo de que no enfrenta la realidad.
Porque la realidad tiende a mostrarnos tantas cosas adversas que es fácil pensar por unos momentos que nada de eso ocurre en la realidad. Porque la vida tiene cosas que son difíciles de tragar. Tanto es así que la gente ha sabido crear muchas cosas que han deformado a propósito sus motivos, origen de mucho moralismo y puritanismo. Porque si no se puede hacer algo, lo mejor es desaprobar a los mejores o más capaces. Pensar a un mundo desigual como injusto. Lo cual es mentira, el mundo es un lugar que es indiferente a todos. Creo en el azar. No hay cabos, no hay causas más que los hechos que el tiempo que es unidireccional. Por eso, cuando arriba hacen el amor Pablo y Valeria, en menos de diez kilómetros Hilario esta colérico con vistas a asesinar a alguien. Yo lo sé. Pese a que no lo veo, veo sus dientes crujir, sus puños aprestarse. Nada de eso me es ajeno a mí pero yo no soy responsable.
Eugenio mira el techo de su propia casa esta acostado mirando el cielo raso sin poder dormir. El hecho es que pese a todo, no logra sentirse bien consigo mismo. Porque el sabe que es un traidor a su causa que nunca hizo nada más terrible que entregarnos el pueblo de Omega a nosotros. No duerme las palabras le zumban por encima de él, los ronquidos de Gilda hacían de una forma palpable una atmosfera cerrada. Cuando me preguntan porque hablo así nunca sé que responder. Yo sé que siempre fui un extraño y un perverso. No me importa que tanto se pueda decir de mí, porque cuando te lleven al rincón vas a saber que fue en vano hacerte una fama. Si fuiste un perdedor de primera fue lo mismo que si fuiste emperador. Para que mentir a los próximos a menos claro que tenga algún objetivo pero sino es ridículo. Sé que Hilario es cornudo, lo estoy oyendo en los jadeos regulares de Valeria a metros de aquí pero no me conmueve. Porque quien me sepa leer, solo soy espectador. No puedo hacer un Deus ex Machina. No los voy a salvar si se tienen que matar que se maten.
Por esos momentos ya era tiempo de que Eugenio se quedara dormido pero no fue así. Se levanto bajo por algo para morfar de lo que había quedado pero se dio cuenta que al fin y al cabo era inútil no tenía hambre era una escusa estúpida. Se fue a la calle, a la madrugada de Omega, quien sabrá porque. Se fue para lo de Hilario instinto suicida. No lo sabe él, la culpa como agente residual. Mientras tanto Pablo sigue en la faena, dura bastante no tenía referencia de eso. Yo estaba a punto de dormir. Tenía que buscar un poco de Vodka para aflojar la mente no suelo dormir de forma natural desde los doce. Después del suplemento, me dormí. Mientras roncaba, Eugenio se fue acercando a la casa de Hilario la cual tenía la puerta abierta. Era una casa violada, en una forma muy grafica por el viento que golpeaba muchas veces la puerta abriéndola y cerrándola sin cesar. Todo lo siniestro de este hecho era una cosa que desanimo a Eugenio a entrar pero puedo ver, desde allí la cocina con la luz prendida. Ruidos varios, nada claro. En el final se volvió hacia su casa. Los hijos del antiguo matrimonio se fueron de Omega. Era inútil quedarse allí tomaron la camioneta del padre que no puso resistencia y tomaron para el camino que llevaba a las afueras para nunca volver. Creo que se fueron al mar, cosa que nunca hicieron como familia sin embrago ahora ya no lo eran ya podían hacer lo que querían. Durante un tiempo que fue el que duró mi sueño, Hilario hizo varias cosas que lo llevaron a sus momentos finales. Tuvo un encuentro furtivo con una prostituta de un pueblo a cuarenta kilómetros de allí. Fue a una estación de servicio, comió miles de cosas llenas de azúcar pese al hecho de una diabetes. Pero porque estaba ansioso, no puedo esperar. Compro una escopeta y doce balas. Según él para dar casa a un perro que lo molestaba. Se la vendieron con la mayor de la naturalidad. Se volvió en su otro auto, a su propia casa que seguía abierta y con sus pertenencias completas. Arrojo cosas por la ventana. Cuando se acercaban las cuatro de la mañana cargo la escopeta y dejo que el cerebro se trepará al techo de la habitación. Allí, Hilario pasaba a unos campos de trigo más amplios y se iba con una familia perfecta para siempre. Omega, era trascendente. Pero no paso nada más. Los pobladores se levantaron, todos conocían la casa de señor Gloggmann. Una de las personas que trabajaba para él entró a la casa y lo encontró. El horror llegó a la zona. Hilario estaba muerto, no solo muerto un escopetazo le había borrado la cara. Llamaron a la policía. Era un suicidio fácil de deducir, porque lo había intentado con la azúcar y había fallado. Esto pasaba durante la mañana de un día soleado. Tomaron una de las sabanas, lo envolvieron y se lo llevaron. La comunidad estaba más vacía ahora. Todos los que le conocían fueron menos su familia la cual estaba muy separada. Los hijos en la ruta, sin idea de lo que había pasado. La viuda de luna de miel. Obviamente a mi expensas en mi casa.
Me levanté como siempre con humor de lo más terrible desayune de una forma abundante porque es una de mis actividades favoritas. Salí para el pueblo porque había que bajar la comida, cuando llegué me enteré de la noticia de la boca de Gilda. Eugenio sabía lo que había pasado y entendía que si él hubiese tenido más cabeza podría haberlo salvado pero ya no se iba a poder. Definitivamente otra vida se había acabado como tal la de Eugenio fue una vida tan beige que hoy ya no podía serlo más. Por lo menos algo había pasado, su padre muerto de forma natural así que nada queda en ese punto. Todo era un punto complicado, porque él se había puesto en medio de una tragedia y nada pudo hacer. Quizás podría dejar el pueblo, o mudarse adentro de la muralla. Termino prefiriendo eso, se mudaron con otras diez familias. Porque era un Omega más pequeño y medieval. Por lo que dejaron sus casas. Las casas vacías se mantuvieron intactas detrás del círculo de piedra, un cementerio. Allí una piedra blanca grande tenía la inscripción de la fecha de la muerte de Hilario. Unas flores secas en la distancia. Pero muy solitario se pudría el cadáver pero yo le iba a hacer compañía cada tanto porque soy amigo de algunos muertos. Después de todo le ayude a dar el gran paso, un banquito al lado de muerto y hablaba media hora. Pero la gente de la muralla se encerró bastante más solo compartían la escuela y el hospital.
Pero me quedé más solo en mi casa el viejo se apuró acompañar al hombre del suicido. Pero él estaba debajo de un bello árbol, lo que hacía todo más pintoresco.
Las posesiones de Hilario, pasaron a un nuevo dueño. La viuda, la pobre mujer, tomo todas las posesiones pero se dio el gusto de gastar a mi costa bastante. Porque ya conocía el mundo. La casa se modificó al gusto del mundo. La casa distinta de Omega era lo que el mundo de afuera podía ofrecer, era casi más peligrosa que todo lo anterior. Miré el cielo, vi la casa que lo recortaba. Me tomé un tiempo y me fui de Omega. Sin embrago la vida en el pueblo siguió. Eugenio que vivía en la muralla, un día tuvo un accidente por lo que quedó rengo para siempre. Pegado a su casa, tuvo al fin lo que quería a un precio alto. Pero la unión entre Pablo y Valeria fue un punto de inflexión tuvieron una próspera descendencia. Ganaron mucho dinero durante ese tiempo, la pareja viajo a Europa. El Don Juan, se había asentado. Omega, seguía divido en dos pueblos o casi tres. Los que trabajaban para mí que están en el este de la ciudad, son bastantes y viven creo que bastante bien. En el centro del pueblo tradicional era las tierras de la “Señora Valeria”. La plaza y esas cosas estaban bastante abandonadas y el pueblo creció un poco perdiendo parte de su aislacionismo. Solo la muralla y sus casas son las que quedan de la forma original de Omega. Pero esta mezcla de los tres lugares hacía del “Gran Omega” en su forma original. Los campos de trigo otra vez estaban amarillos. Pasó más tiempo. Llegue a tener mucho dinero con los campos. Pero ya no sabía que hacer con él. Mandé a averiguar sobre los hijos de Hilario. Pero fue difícil sin saber porque se habían separado ambos. Sin tener otra cosa que resentimiento fueron criminales bastante violentos. El sistema los apartó de su seno. Pero la violencia les cambió la cara, cuando veían los diarios maldecían a su madre. Juraban matarla, los que los conocían decían que estaban locos. Ambos hermanos los llevaron lejos, muy lejos de Omega. Cuando al fin y al cabo todo quedó en el hecho de que los príncipes estaban ansiosos de venganza. Valeria Ramos, rica mujer de importancia de mundo con todo lo que el perfume importado puede prometer aún mantenía su belleza pero su marido no le podía ser fiel por tanto tiempo. Ya estaba buscando entre las jóvenes contemporáneas de su hija una mujer más simple para poder librarse de los problemas. Cosa que haría volver al ver en carne propia lo que hizo antes volverse cáustica, cruel e indiferente a todo. Porque estábamos todos en ese pueblo de lo más divertido creció lo suficiente para que un cura estuviera viviendo ahí pero los habitantes ya no eran tan devotos.
Porque ya no era como antes se había roto el encanto.
Una de esas fotos familiares eran cosas de las surrealistas que había. La querida de Pablo, era una joven de unos dieciocho. Unas décadas más joven. Así el ambiente se sintió tenso. Se empezaron a odiar como se amaron de forma apasionada y bestial. Una especialista para humillarlo en la sociedad. Pero sin embrago debía cargar con el engaño para siempre. O por lo menos ella lo pensaba así. Quizás era la culpa del mismo muerto del marido anterior lo que predisponía su ánimo para eso.
Para esos momentos de la decadencia yo estaba devuelta en el pueblo. Pero ya estaba mucho más viejo que antes. Recordar la época en que llegué era de lo más divertido para mí porque este pueblo no tenía nada, solo trigo, alambrados y casas. Todas las cosas que tendían a ocurrir eran como un desdoblamiento con el pueblo original. Pensé en que había que rememorar. Por eso propuse lo de la fiesta, otra idéntica a la primera que desencadeno tantas cosas.
Pero Valeria, la más poderosa mujer del pueblo pese a que el término sea telenovelesco y patético expuso el hecho de devolver la generosidad de aquella fecha arcaica. Cosa que hizo, a los días. Estábamos en la fiesta la cual era mucho mayor que la mía no era ya para opacarme creo que era para emparejar la felicidad perdida de aquellos años.
Todo era pomposamente grande. Llegue como la presencia más senil los de la muralla no asistieron. Ellos seguían en su vida. Yo estaba en esta oportunidad vestido de una forma mucho más simple mas compacta. Nada era lo mismo. Los años me sacaron un poco el toque de artista social. No jugaba más al gato y al ratón con el destino. Entre a la casa la cual ya era mucho más grande que la mía. Menos grotesca, porque no llevar el adjetivo de finísima podía. El salón era imponente una araña de dimensiones extrañas estaba sobre todos nosotros. Cuando desde la escalera porque así era la actual Valeria Ramos un águila vigilaba todo. Todo lo que se entienda por telenovela quizás lo tenga. O mejor dicho lo tiene. No era cosa de importancia. A esta fiesta vino gente de todas partes, los cuales se quedaban sorprendidos igual que yo. Sin embargo las cosas quedaban sin resolver Pablo se creía un rey. Hacía de las suyas, nos cruzamos. Cuando me vio me saludo animosamente, me llevó con su mujer. La cual bajaba de la escalera a una gran velocidad. Pablo dijo: “Omega no es lo mismo sin vos”. Pero no me habló a mí ni a él abandonó el lugar a gran velocidad. Pronto me mostró a su “pupila”. Cada vez más jóvenes o éramos nosotros más viejos. Son solo detalles. Por eso fuimos hasta el estudio donde estaban las colecciones de Habanos y fumamos. Mientras tanto la gente iba atestando la casa. Otra de las construcciones meta-significativas que no podíamos encontrar. La primera vez, en mi propia casa donde el mundo era distinto al pueblo donde era una ventana en el espacio hacia otro lugar.
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